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sábado, 19 de diciembre de 2020

Esquemas Nietzsche





 

sábado, 22 de agosto de 2020

FILO Nietzsche. Resúmenes aforismos. El crepúsculo de los ídolos.

 FILO Nietzsche. Resúmenes aforismos.

CREPÚSCULO DE LOS ÍDOLOS

El problema de Sócrates

1

Desde que nace la sabiduría, la razón, los muy sabios siempre han negado la vida, la han despreciado, dudando y preguntándose por ella, por su sentido, en vez de vivirla. De ahí la melancolía y hastío derivados de reflexionar en lugar de experimentar y vivir.

Incluso Sócrates, nos cuenta Nietzsche, reconoce con sus últimas palabras que su vida no ha sido más que una enfermedad. Pero más que examinar la vida, lo que deberíamos hacer es examinar la actitud ante esta de este filósofo y otros muchos más, que conforman ese irónicamente llamado ‘consensus sapientium’.

Introduce así al final la idea más importante: la decadencia de los sabios. Es decir, la debilidad de su voluntad de poder, la cual solo les posibilita sobrevivir oponiéndose a la vida. Por tanto, el razonamiento huele a decadencia, ‘a carroña’.

2

Comienza Nietzsche su crítica a la razón desprestigiando a Sócrates y a Platón, calificados como ‘síntomas-de-decaimiento’, causantes, por tanto, de la enfermedad que asola Occidente. Fueron ellos los que rompieron con el equilibrio apolíneo-dionisíaco que imperaba en la antigua Grecia. Así, ellos, como ‘pseudogiergos’, como falsos griegos exaltaron todo lo apolíneo (lo racional), rompiendo ese equilibrio y dándole la espalda a la vida.

Que ellos dos simpatizaran en sus ideas, dice Nietzsche, no demuestra que tuvieran razón, sino que ambos tenían una voluntad de poder débil, y por eso los dos se vieron obligados a adoptar ‘la misma actitud negativa ante la vida’, negando el devenir.

Así, sus valoraciones sobre la vida que hacían no podemos decir que fueran verdaderas ni tampoco falsas, pero sí que podemos deducir a partir de ellas su actitud vital, la cual es débil puesto que valoran la vida y se preguntan por ella y no la viven.

Por eso, los juicios sobre la vida solo muestran falta de sabiduría, de ahí que califique a muchos grandes sabios de decadentes.

3

Se centra a continuación en Sócrates: un ‘plebe’ (se refiere a su inexistente fuerza de carácter) de aspecto horripilante, lo que lo convierte en decadente fisiológicamente y le lleva a ser incapaz de experimentar la vida.

Además de repetir que era un falso griego, dice estar de acuerdo con los criminólogos de su época, que pensaban que un monstruo por dentro, también lo es por fuera. Nietzsche insulta directamente a Sócrates: es un criminal, es feo, es decadente.

Su deformación fisonómica conlleva a una deformación moral, que lo acerca a ‘malos vicios y apetitos’, como tal criminal que es.

4

Empieza criticando el desorden de los instintos en Sócrates, ya que piensa que dejarse llevar por ellos de manera irrefrenable es muestra de una débil voluntad de poder. Ha de haber instintos apolíneos que conduzcan los dionisíacos.

La superfetación o abuso de la lógica es un síntoma de la decadencia de Sócrates, ya que la establece como única opción y la extiende a campos donde no tendría que aplicarse. Con ‘malignidad-de-raquítico’ describe la raquítica y limitada imagen que ofrece Sócrates aplicando su razón y sus conceptos a nuestro mundo tan diverso.

A continuación se refiere con un tono satírico al ‘demon’ de Sócrates, una voz interior que aconseja en momento de duda, de ahí las ‘alucinaciones-auditivas’ que se toman demasiado en serio. Pero además, este filósofo griego no paraba de buscar en todas partes ‘segundas intenciones’, verdades escondidas en realidad inexistentes.

Por último alude al intelectualismo moral: razón=virtud=felicidad para romper con él diciendo que se contrapone a la antigua civilización helena. ¿Dónde queda lo dionisíaco?

5

Aparece gracias a Sócrates la dialéctica, un instrumento que del cual él, que tiene una voluntad de poder débil, se servirá para quedar por encima de la ‘aristocracia’ (formada por aquellos con una voluntad de poder superior a él, y por tanto, objeto de su envidia).

Antes no se empleaba la dialéctica porque se advertía de su peligro como posible herramienta de demagogia y porque, en realidad, lo que es verdad no necesita ser respaldado con argumentos, ya que la verdad se ve por sí misma. Por eso dice que ‘es poco valioso lo que tiene que ser demostrado’.

Han de darse órdenes, no razones. Al principio el dialéctico no era más que un payaso, hasta que Sócrates fue el primer ‘gracioso que se hizo tomar en serio’ (el principio del enaltecimiento de la razón).

6

Se recurre a la dialéctica como última opción, cuando no queda nada. Es lo menos práctico, pues no se llega con ella a ningún sitio, solo ‘despierta desconfianza’. Cuando dos personas debaten por tener ideas contrarias lo mismo se habrá conseguido al final que al inicio del debate: nada.

Si se tiene una voluntad de poder fuerte, no hay por qué sucumbir a la dialéctica, es un arma para moribundos, una opción desesperada, propia filósofos decadentes como Sócrates.

7

La dialéctica socrática, se compone de dos fases: ironía y mayéutica. La primera de ellas según Nietzsche es un instrumento de venganza ante su ‘resentimiento-plebeyo’, es decir, es su arma para poner en ridículo a aquellos que son mejores que el (aristócratas), que tienen una voluntad de poder más fuerte. Por tanto, su dialéctica no se explica por el deseo de hallar la Verdad sino por el afán de venganza.

Sócrates en esta fase de la ironía hacía preguntas a los jóvenes con el fin de que ellos reconocieran su propia ignorancia. Les encarga entonces la tarea de razonar para que demuestren no ser idiotas.

El dialéctico ‘priva de potencia al intelecto de su adversario’, hace que muchos sucumban al juego de la razón, demostrando estos la debilidad de su voluntad de poder.

8

Sócrates fascinaba a la sociedad de Atenas: había creado con la dialéctica una nueva competición (debates para ver quién tenía razón) que se popularizó muchísimo. Introdujo así ‘una variante en la modalidad griega de lucha entre los jóvenes y adolescentes’. Por eso Nietzsche dice que Sócrates fue un erótico: sedujo a muchos con su dialéctica. Pero además en esta calificación hace alusión a una obra de Platón, en la que cuenta que Eros (dios del amor y de la atracción sexual) era hijo de Poros (el recurso) y Penia (la pobreza). Se identifica así a Sócrates con Eros, por ser ‘ansioso de sabiduría y sagaz’, ‘encantador y sofista’, como escribió Platón.

9

Sócrates era consciente de que Atenas estaba entrando en decadencia y se aprovechó de ello. Comprendió que iba a ser necesitado para ofrecer su cura, su truco personal, ya que los instintos en todas partes estaban manifestándose de modo desenfrenado: ‘en todas partes se estaba a dos pasos del exceso’.

Entonces el filósofo ofrece su cura: un contratirano más fuerte (la razón) que domine al tirano (impulsos y malos apetitos). Así dice ser dueño de sí mismo y la falsa cura se generalizó. Resulta que el remedio es peor que la enfermedad (y también la raíz de la cultura occidental, que por eso está enferma).

10

Sócrates y aquellos que siguieron su ejemplo (‘sus enfermos’) se sirvieron de la razón como remedio para librarse de la tiranía de los instintos, pero eso fue mucho peor: no eran ‘libres de ser racionales’. Dado la debilidad de su voluntad de poder y no saber aprovechar los instintos, o bien eran ‘absurdamente racionales’ para sobrevivir o sucumbirían.

Culpa a Platón de la moral griega contaminada como producto de la razón y del aprecio por la dialéctica. La filosofía de este es solo una imitación de Sócrates (simpatiza con su intelectualismo moral, entre muchas otras ideas) contra los impulsos naturales. Estos son oscuros como el interior de la cueva del mito de la caverna, así que serán combatidos mediante la ‘luz diurna’ (razón) que ve el prisionero cuando es liberado y comienza a ascender una escarpada cuesta que simboliza el camino hacia el verdadero conocimiento. ‘Toda concesión a los instintos, a lo inconsciente’ (a lo fisiológicamente natural) supone un retroceso en esa subida, ‘conduce hacia abajo’, hacia el oscuro interior de la caverna.

11

Jugando a ser el médico de Atenas, Sócrates cometió un grave error. Todos los que apostaron por la razón no hicieron otra cosa que autoengañarse, ya que se sirvieron de ella para salir acabar con la decadencia, con la anarquía de instintos, porque no podían poner solución ellos mismos con sus propias fuerzas, lo que sí que es síntoma de una profunda decadencia. Entonces se hicieron creer a sí mismos que habían acabado con ella. Sin embargo, la realidad es que alteraron su expresión, pero no la erradicaron.

Todas las morales que derivan desde entonces, como la moral cristiana, no son más que diferentes formas de enfermedad. El precio a pagar por la racionalidad es una ‘vida lúcida, cauta, consciente, sin instinto’, en definitiva, una enfermedad que consiste en negar la vida. Combatir los instintos ‘es la fórmula de la decadencia’, mientras que la de la felicidad es: felicidad=instintos.

12

¿Llegó Sócrates a comprender su error, su autoengaño? –se pregunta Nietzsche. A continuación afirma que este filósofo en realidad quería morir. Al darse cuenta de su fallo (o quizá para convertirse en mártir) provocó su propia condena, ya que rechazó el plan de escape que sus discípulos le habían preparado. Por eso, ‘él se dio a sí mismo la copa de veneno, él obligó a Atenas a darle la copa de veneno’. Su muerte fue un suicidio y el verdadero médico para Sócrates, que estuvo enfermo mucho tiempo, siendo ‘absurdamente racional’ y dándole la espalda a la vida (instintos).

La ‘razón’ en la filosofía

1

Comienza Nietzsche caracterizando a los filósofos: no toman en cuenta la historia y odian el devenir. Ellos hacen momias de las cosas (de ahí su egipticismo) cuando las desarraigan de la historia y las consideran ‘desde la perspectiva de lo eterno’, tomándolas como universalmente válidas para cualquier momento histórico, lo cual es un error porque con el transcurso del tiempo todo cambia.

Los filósofos no han hecho nada útil, sino manejarse con ‘momias-conceptuales’, porque eran unos idólatras de los conceptos. Es decir, se servían de estos para momificar la realidad ignorando todo cambio.

Todo lo natural (la muerte, el cambio, la procreación…) es despreciado por estos filósofos, que solo consideran verdadero aquello que no deviene. ‘Lo que es no deviene; lo que deviene no es…’ –parafrasea Nietzsche a Parménides.

Sin embargo, mientras ignoran aquello que existe y que es la base de la vida misma, creen, ‘incluso con desesperación’ en el ‘ente’, en el ser, en la esencia. Pero como no pueden ni siquiera percibirla, culpan de ello a los sentidos, que califican de engañosos y les alejan de lo ‘verdadero’. Por tanto la solución que proponen es ignorar los sentidos, el cambio y la historia.

Muchos filósofos además mencionan la existencia de un ser divino superior, por lo que son los creadores del ‘monóto-teísmo’, ya que caen en la monotonía al presentar un ser eterno.

Pero sobre todo destaca en muchos filósofos la condena al cuerpo, que al estar tan ligado a los sentidos, no es para ellos otra cosa que el instrumento del error, el obstáculo al verdadero conocimiento. No obstante, por mucho que desprecien al cuerpo y a sus instintos y apetitos, es lo único real y por eso no pueden deshacerse de él.

2

Nietzsche, en su crítica a los filósofos presocráticos, separa a Heráclito, que tampoco confiaba en los sentidos pero por motivos diferentes a Parménides de Elea y sus seguidores, que los rechazaban porque muestran multiplicidad y cambios.

Heráclito, creyendo como Nietzsche que el ser o esencia no es más que ‘una ficción vacía generada por la razón’ y que ‘todo cambia, nada permanece’, no confía en los sentidos porque le muestran objetos estables y no el cambio y el devenir constante que caracteriza a la realidad. En este sentido, Nietzsche afirma que los sentidos no mienten ‘como creen los eleatas ni como creía él’. Simplemente no mienten, siendo la mentira resultado de interpretar mediante la razón lo que nos ofrecen. De ahí derivan ficciones como el mismo concepto de cosa, permanencia o sustancia. Por eso concluye diciendo que el mundo que la mayoría de filósofos consideran aparente es el único real; mientras que el que consideran verdadero es una mentira generada por la razón.

3

Los sentidos no eran considerados por los filósofos por igual. Nietzsche elogia al olfato precisamente porque nadie lo había hecho antes. Frente a este sentido que nos recuerda a nuestra parte más animal, Platón enaltecía la vista, siempre utilizada en sus metáforas y entendiendo que ver las cosas claras y mirar hacia arriba significaba acercarse a la Verdad.

No tiene sentido despreciar a los sentidos porque todo razonamiento científico tiene su origen en ellos. Aunque la interpretación de aquello que nos ofrecen hacen llegar a teorías científicas ficticias. Pero existen otras ciencias, que ni siquiera toman referente alguno en la realidad. Por una parte están la metafísica, teología, psicología… y por otra, la lógica y la matemática. Los mundos inventados que han generado unas y los signos y números que emplean las otras no tienen nada que ver con nada real.

4

Otro defecto que comparten muchos filósofos es ‘confundir lo último y lo primero’. Lo primero para Nietzsche son los sentidos porque es lo más cercano que tenemos a la auténtica realidad. Los filósofos confunden lo último y lo primero porque ponen a los sentidos en último lugar, los menosprecian y los consideran engañosos.

Y toman como lo primero, como verdadero, lo que en realidad es lo último, lo inventando, lo falso: conceptos vacíos que ellos tratan con validez universal. Cuando filosofan parten de algo que deciden considerar superior y que por ello no puede haber sido origen de nada inferior ni de la nada, solo puede proceder de sí mismo. Ante esta determinante causalidad por la que se rigen, niegan ‘la procedencia desde algo distinto’. Para ellos todos los ‘valores supremos’, son causas de sí mismos (el Ser, el Bien, la Verdad) y son inmutables. La ficticia creación de estos valores se extiende hasta dar lugar al concepto ‘Dios’, que es el mayor alejamiento de la realidad: ‘lo más vacío es puesto como lo primero’.

Manifiesta en la conclusión Nietzsche con un tono exclamativo su descontento con la humanidad, que se ha creído todas las ficciones de los enfermos (enfermos por ser ‘absurdamente racionales’) y que además ‘lo ha pagado caro’, ya que se ha sumado a condenar los instintos y lo sensible.

5

Comienza Nietzsche criticando a los filósofos que consideraban que hay un error en el cambio, que oculta lo que ellos consideran verdadero. Hoy seguimos ‘enredados en las mallas del error’, porque nuestra cultura occidental es producto de aplicar la razón defendida por estos filósofos que despreciaban lo cambiante, la cual nos ha llevado a crear conceptos (unidad, identidad, permanencia…) sin los que no podríamos vivir porque nos hacen la vida más fácil. Por eso necesitamos la razón, aun sabiendo que es un error.

Compara esta confianza en el error (razón) que deriva en crear conceptos; con las recurrentes expresiones para referirse al movimiento del sol (el sol se pone, sale…) aunque sabemos que no describen la realidad, que el sol no gira a nuestro alrededor aunque esa sea la apariencia que nuestro ojo percibe.

Así, a través de la razón, caemos en el fetichismo del lenguaje: creamos conceptos y rendimos culto a ellos como si fueran lo único verdadero, cuando lo cierto es que no reflejan nada de la realidad, son solo ficciones inventadas cuyo fin es facilitarnos la vida.

De esta manera, empleamos siempre el concepto ‘yo’, pero en realidad cada vez que lo usamos no somos los mismos porque el mundo es puro devenir. En este sentido, también el término ‘cosa’ acota la realidad, ya que para todo nos sirve: un mismo término para realidades tan diferentes y diversas.

Por otra parte, el verbo ‘ser’, lo tenemos tan interiorizado que apenas podemos prescindir de ello. Nos llega desde los presocráticos: Parménides entendió el ‘ser’ como causa (ahí otro concepto inventado, con el que se pretende dar una explicación lógica a la realidad, que precisamente es caótica y carece de esta). Con Descartes también se comete este error: la concepción del ‘yo’ más ‘ser’ deriva en ‘Pienso, luego soy’ y términos como ‘facultad’ no reflejan nada vivo, nada real.

En la Ilustración se continúa por el mismo camino: la confianza en la razón y en que la Verdad no puede proceder de la realidad sensible, pues los sentidos nos engañan.

Otra de las ficciones derivadas de la metafísica es la creencia (apoyada por Platón, los pitagóricos y en la India) en la procedencia de un mundo divino (para ellos verdadero) al ser los únicos seres racionales. Incluso Demócrito, que al contrario de los eleatas, tenía una concepción materialista del ser humano, cayó en las redes el lenguaje depositando su confianza en el término ‘átomo’.

En conclusión, Nietzsche denuncia cómo la metafísica y la gramática, que son consecuencia del uso de la razón, nos imposibilitan librarnos de ‘Dios’. Es decir, librarnos de la religión, de los valores morales y de la falsa visión de la realidad que hemos inventado mediante el lenguaje y en la que tan ciegamente creemos.

 

6

Nietzsche en este aforismo expone cuatro tesis. Así, al mismo tiempo que aclara sus ideas, provoca contradicción: bien por usar el leguaje y afirmar que su fin es facilitar la comprensión, después de haber criticado al lenguaje y al raciocinio; o bien porque nuestra cultura podría ser contraria a su interpretación.

Así, en su primera tesis afirma que solo hay un único mundo verdadero, del único que podemos tener testimonio, gracias a los sentidos. Nada más allá del mundo sensible puede ser demostrado, por lo que sería una invención.

En su segunda tesis, denuncia el dualismo ontológico derivado de la metafísica. Los filósofos-momia (Sócrates, Platón…) han inventado mundos que han hecho pasar por verdaderos, ‘a partir de la contradicción con el mundo real’. Esto es: si el mundo real es devenir, crean un ‘mundo superior’ caracterizado por la estabilidad.

Continúa Nietzsche en su tercera tesis alegando la inutilidad de inventar estos mundos metafísicos, a no ser que estemos dominados por ‘un instinto de calumnia, de empequeñecimiento…’. Es decir, a no ser que estemos llenos de impulsos contrarios a la vida y queramos despreciarla, vengarnos de ella venerando un mundo inexistente e ignorando los estímulos reales que se nos presentan. Pero estos impulsos antivitalistas no son naturales, sino que son propios de quienes no pueden lidiar con la realidad cambiante por poseer una voluntad de poder débil.

En la cuarta proposición la idea principal es que mediante este dualismo ontológico en el que se toma al mundo verdadero por ‘aparente’ y al inventado como real, los filósofos y las religiones evidencian su decadencia.

Por último, el filósofo defiende a los artistas, porque aunque creen copias de la realidad aparente, no pretenden hacer de su interpretación un tirano como la metafísica hace con sus mundos. ‘El artista trágico no es ningún pesimista’ –nos dice. Quiere decir que no niega la vida ni la limita: el arte da cabida a múltiples interpretaciones y perspectivas, todas igual de verdaderas o falsas. El artista es creación, por eso dice ‘sí incluso a todo lo problemático’, porque acepta el fluir de nuestro mundo. El artista ‘es dionisíaco’, al contrario que los ‘absurdamente racionales’: representa la pasión, el desorden, el placer… 

Cómo el ‘mundo verdadero’ acabó convirtiéndose en una fábula

Historia de un error

1

‘El mundo verdadero, alcanzable para el sabio, el piadoso…’ (l.1) del que habla Platón no es en realidad verdadero, sino una mentira. Platón, con su dualismo ontológico y epistemológico distingue el mundo de las Ideas del sensible. Este mundo inteligible compuesto por las Ideas estables y eternas ofrece para él, al contrario que para Nietzsche, el verdadero conocimiento. Por eso, considerando Platón que ha visto la Verdad en aquel mundo ‘superior’ y que su educación, por haber estado orientada hacia este, ha sido adecuada, se proclamará guía y mentor para que todos sigan sus pasos. ‘Yo, Platón, soy la verdad’(l.4-5) –ironiza Nietzsche.  

2

El cristianismo también nos habla de un mundo ‘verdadero superior’: ha tomado el mundo de las Ideas de Platón gobernado por la Idea de Bien para transformarlo en el cielo gobernado por Dios. Así, se cristianiza el mundo de Platón, es el ‘progreso de la Idea’ (l.8), que se hace ‘más inaprensible, -se hace mujer’ (l.9) –nos dice Nietzsche desde su perspectiva misógina. La idea ‘se hace mujer’ porque el cristianismo convierte el mundo de las ideas en algo delicado, de difícil comprensión y con apariencia de Verdad pero sin ser más que un engaño, como son las mujeres para el filósofo.

3

El error continúa con Kant, que parece retomar el mundo inteligible platónico con su ‘noúmeno’, que se refiere a aquello que queda fuera del alcance de nuestros sentidos. Por eso es ‘inalcanzable, indemostrable…’ (l.10), pero en la medida en la que existe en nuestro pensamiento podemos consolarnos con él depositando en esa realidad nuestra seguridad y podemos hacer de ella ‘una obligación’, haciendo que nuestras acciones y pensamientos giren en torno a ella.

Parecía que Kant daba un paso en la dirección correcta al reconocer que todo lo que podemos conocer es a través de los sentidos, pero ‘la idea se ha hecho sublime, pálida, nórdica, königsberguense’ (l.14). Esto quiere decir que con su ‘noúmeno’ cae en el mismo error que Platón: hay una realidad superior a la sensible. La Idea se vuelve así königsberguense, como Kant.

4

Nietzsche nos habla a continuación del positivismo, una corriente filosófica con la que por fin los sentidos vuelven a considerarse importantes y fuente de verdad y que no cree en un mundo más allá de la experiencia sensible. No tiene sentido para esta corriente la moral y conjunto de obligaciones que han derivado de mundos desconocidos como el platónico o el cielo cristiano: ‘?a qué podría obligarnos algo desconocido?’ (l.17-18) No obstante, aunque el positivismo se aleje así de la tiranía de la razón, no deja de emplearla, lo que Nietzsche considera un error, ya que el positivismo confía en el método científico, y la ciencia no es más que otro instrumento de la razón para intentar hacer de la realidad algo comprensible y generar leyes con pretensión de universalidad.

5

Una vez Occidente haya reparado en que ha estado venerando un mundo falso, inútil y que por tanto, ‘ni siquiera es ya obligante’ –porque nadie actúa acorde a él dada su falsedad-, su reacción será destruirlo (nihilismo activo), eliminando los valores que imponía.

A continuación tendrá la llegada del ‘día claro’, del nuevo día con nuevos valores, alejados del platonismo y elaborados por ‘espíritus libres’, hombres creativos dotados de una fuerte voluntad de poder.

6

Una vez nos hemos desecho del mundo ‘verdadero’ de Platón de modo definitivo, ‘¿qué mundo ha quedado? ¿quizá el aparente?’ (l.27) se pregunta Nietzsche. Ni mundo verdadero ni mundo aparente sino una realidad ante la que caben múltiples interpretaciones igual de válidas: ‘¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente¡’ (l.28-29).

Llega el fin de la decadencia, el ‘final del error más duradero’ (l.30-31), llega el superhombre, ilustrado en la obra ‘Así habló Zaratustra’. Este es creador de sus propios valores, no hay nada que le imponga una moral ni él impone a nadie la suya. El superhombre es libertad. Él es el Dios de su mundo.

La moral como contranaturaleza

1

Las pasiones se presentan, al principio, rebeldes, estúpidas, ‘tiran de sus víctimas hacia abajo’ (l.2-3); pero con una voluntad de poder fuerte se pueden llegar a dominar y aprovechar. En esta segunda etapa, ‘las pasiones se casan con el espíritu’(l.4) –dice Nietzsche. Pero no contemplando esta segunda posibilidad, hace tiempo, se declaró la guerra a las pasiones, pensando que la única solución ante la incapacidad de controlarlas era aniquilarlas.

El cristianismo es sin duda el principal culpable de esta lucha encarnada contra las pasiones. Nietzsche afirma que: ‘en el Nuevo Testamento, en aquel Sermón de la Montaña en que (…) a las cosas no se las considera (…) desde lo alto’ (l.9-11). Quiere decir que aunque Jesucristo estuviera en una posición alta en la montaña no habló de nada ‘alto’ ni a nadie ‘alto, sino a su crédulo rebaño de seguidores. ‘Si tu ojo escandaliza, arráncalo’ (l.10) –difundía así Jesucristo el remedio de aniquilar las pasiones. Y se buscaba con ello ‘prevenir su estupidez y las consecuencias desagradables’ (l.14-15) por no poder controlarlas y temer que estas sean las que tomen el control de uno, pero resulta que erradicarlas es la verdadera ‘forma aguda de estupidez’.

El cristianismo alude a este remedio tan estúpido y radical porque es incapaz de concebir la ‘espiritualización de la pasión’, es incapaz de dominarlas. Por eso, la Iglesia fue en contra de los que poseían una fuerte voluntad de poder y en favor de aquellos cuya voluntad de poder era débil. Por tanto, si fue en contra de los inteligentes: ‘¿cómo (…) esperar de ella una guerra inteligente contra la pasión?’ Su ‘cura’ significa atentar contra la vida misma, es ‘el castradismo’: condenar las pasiones y apetitos. Así, Nietzsche concluye: ‘la praxis de la Iglesia es hostil a la vida…’ (l.30).

2

Comienza Nietzsche aludiendo a la castración y al exterminio, para referirse a la radical represión de los instintos por parte de quienes tienen una débil voluntad de poder y no se enfrentan a dichos impulsos porque se ven incapaces de controlarlos y temen que estos acaben controlándoles a ellos. Como ejemplo menciona a la Trapa, una orden de monjes que vivían aislados del mundo terrenal.

Esta clase de ‘medios radicales’ (l.7) solo son empleados por ‘degenerados’, débiles que no saben reaccionar ante las pasiones. En este sentido, la iracunda lucha contra la sensibilidad (protagonizada por la religión tan criticada por Nietzsche) simplemente reflejaría la incapacidad de controlar el impulso sexual y el miedo a sucumbir ante él.

Así, quien más ha condenado a los sentidos han sido ‘ascetas imposibles’ (l.19) que nunca podrán alcanzar esa perfección a la que aspiran precisamente por despreciar lo sensible, por tener una voluntad de poder débil.

3

Comienza Nietzsche con la espiritualización de las pasiones, como medio para dignificarlas y dejarlas libres, hay que vivir aprovechándolas. ‘La espiritualización de la sensualidad se llama amor: ella es un gran triunfo sobre el cristianismo’ (l.1-2), el cual condena al erotismo, impone el amor a Dios y a los demás como obligación y no entiende de espiritualizar las pasiones. Por eso tampoco puede entender la ‘espiritualización de la enemistad’: mientras la Iglesia desea acabar con sus enemigos, aquellos que tienen una voluntad de poder fuerte se recrean en ellos, porque suponen una fuente de fuerzas contra las que nadar contracorriente e incrementar así su voluntad de poder. Por eso Nietzsche ve ‘provecho en que la Iglesia subsista’, es un enemigo que le hace crecer. También esto es aplicable a la política: ‘solo en la antítesis se siente necesario’ (l.15), solo en los partidos opuestos se encuentra el incentivo necesario para luchar. ‘Solo se es fecundo al precio de ser rico en antítesis’. Esto quiere decir que solamente nuestra voluntad de poder podrá crecer mientras estemos activos, luchando contra algo; pues en cuando encontramos la ‘paz del alma’ tan perseguida por el cristianismo, nos convertimos en seres pasivos y acomodados (no crece nuestra voluntad de poder). A continuación pone Nietzsche varios ejemplos de situaciones que puedan conducir a una ‘paz de alma’: un pintor que por fin acaba su obra, la comprensión algo ‘tras una tensión y tortura prolongadas’ (l.39), la satisfacción tras saciar un capricho, ‘una digestión feliz’… La ‘paz de alma’ significa descanso y rendición, pues la vida es lucha.

4

La idea principal de este párrafo es la distinción entre dos tipos de moral: una sana y otra que va contra la naturaleza.

Nietzsche nos dice que en una moral sana y natural es aquella que obedece la voz de los instintos; mientras que ‘casi toda moral que hasta ahora se ha enseñado’ (l.6-7) es antinatural, ya que condena los instintos en favor de unas normas que nos dicen qué hacer o qué no, qué está bien y qué está mal. Así, siguiendo una moral ‘contra los instintos de la vida’ estamos matando a esta última.

Cuando cedemos nuestra voluntad a la moral, especialmente a la moral cristiana, que ‘dice no a los apetitos’, estamos despreciando la vida. Dios, que se presenta entonces como enemigo de la vida, ‘tiene su complacencia en el castrado ideal’ (l.12), en el que reprime sus instintos hasta tal punto que se convierte en un muerto en vida. Por eso, Nietzsche concluye: ‘La vida acaba donde comienza “el reino de Dios”…’.

5

La idea principal de este párrafo es el problema de juzgar la vida, cosa que parte de la razón y ‘encarcela’ y simplifica la realidad. Las valoraciones no deben ser racionales, sino intuitivas.

Tras haber expuesto su crítica a la moral cristiana, nos dice que su ‘rebelión contra la vida’ es ‘inútil, ilusoria, absurda…’ (l.4). Quien vive y reprime sus instintos, es decir, condena su vida, solamente muestra un síntoma de cuán débil es su voluntad de poder.

La moral es inútil, ya que toda valoración de la vida, para que fuera objetiva, tendría que hacerse desde una posición externa a la vida, conociéndola tanto como los que la viven. Pero eso es imposible, al menos para nosotros, puesto que no podemos evitar emitir de juicios sobre la vida desde un filtro subjetivo del que nunca nos podremos desprender.

La moral antinatural nos aleja más aún de la realidad cuando hace a Dios un tirano de sus valores. El rebaño actúa en consecuencia reprimiendo todo instinto, demostrando su decadencia. Representan ‘la vida descendente, debilitada, cansada, condenada’ (l.19-20). Están frustrados, no saben vivir la vida y por eso la niegan, como Schopenhauer, quien responde con un ‘¡perece!’ ante todo impulso natural.

6

La idea principal es la crítica al moralista que impone su ética como si fuera la única válida, coartando así la libertad.

La moral nos condena y nos limita, viene a decir Nietzsche, ignora ‘la riqueza fascinante de tipos’ (l.3) de la realidad que cambia constantemente, con sus normas unívocas que nos obligan a comportarnos de un modo u otro, a ‘ser de tal y tal manera’.

Nietzsche caricaturiza al moralista: es un ‘mezquino holgazán’ que extiende sus normas a todos, ignorando los instintos y la individualidad que nos caracteriza. Así, los moralistas niegan la vida, y pretenden que el ser humano siga sus pasos: ‘lo han querido a su imagen, a saber, como un mojigato’ (l.15). Además son inmodestos, pues creen que su moral (‘idiosincrasia-de-degenerados’) es la única válida y no aceptan las múltiples perspectivas de las cosas.

En contraposición ‘nosotros los inmoralistas, hemos hecho (…) más extenso nuestro corazón’ (l.21-22) para aceptar cualquier perspectiva como válida. Los inmoralistas pueden serlo porque poseen una voluntad de poder fuerte, buscan ‘honor en ser afirmadores’. Es decir, en gritar sí a la vida y no imponer nada a nadie, porque cada quien es libre para crear sus valores. Saben aprovechar sus impulsos, que son ‘todo lo que rechaza el (…) sacerdote, todo lo que rechaza la razón…’ (l.26-27). Los inmoralistas obtienen beneficio incluso de sus enemigos (moralistas y sacerdotes), beneficio que se halla en ellos mismos porque se trata del aumento de su voluntad de poder.

Los “mejoradores” de la humanidad

1

La idea principal que se desarrolla en este fragmento es el juicio moral como síntoma.

Empieza Nietzsche señalando su tesis: el filósofo debería de ‘ponerse más allá del bien y del mal’ (l.1-2) -al mismo tiempo hace alusión a su obra ‘Más allá del bien y del mal’-.

Nos dice que ‘no existen en absoluto hechos morales’. Esto es: la moral, la cultura, son algo antinatural, sobreañadido a nuestra vida, que tiene en común con la religión la creencia en realidades que no existen, pues no hay nada malo ni bueno en realidad, solo es una interpretación. ‘La moral no es más que una interpretación (…) una mala interpretación’ (l.6-7), ya que nos hace creer en verdades que no existen y las impone para que nuestras acciones giren en torno a ellas. Por eso afirma: ‘El juicio moral (…) no se ha de tomar al pie de la letra (…) lo único que contiene es absurdidad’ (l.12-13).

Por otra parte, los seguidores de la moral, la única realidad que revelan es su decadencia, su débil voluntad de poder. Se unen al rebaño porque ‘no sabían lo bastante para “entenderse”’ a sí mismos, necesitaban de un lenguaje moral que orientara sus vidas porque ellos no podían hacerlo por sí mismos.

La moral es un enemigo contra el que luchar ‘para sacar provecho de ella’, para aumentar la voluntad de poder.

2

El tema principal que el texto desarrolla es la crítica a la moral cristiana.

La moral se nos ha presentado, desde el principio de los tiempos, como una herramienta para ‘”mejorar” a los seres humanos’ (l.2). Pero en este proceso llamado moral encontramos dos tendencias: la moral de la cría, que es más sana y positiva; y la moral de la ‘doma de la bestia ser humano’ (l.4-5). Nietzsche en este aforismo critica la segunda, encarnada por el cristianismo:

‘Llamar a la doma de un animal su “mejoramiento” (l.9) es a nuestros oídos casi una broma’. Quien sabe que los instintos son el elemento fundamental de toda vida, de todo ser, se dará cuenta de que amansar a la fiera y arrebatarle sus instintos es debilitarla. Si aplicamos esto al ser humano, es deshumanizarlo. Además, en este proceso de ‘mejoramiento’, se doma a la bestia ‘con el afecto depresivo del miedo, con dolor, con heridas…’ (l.12-13), es decir, con nada positivo, sino perpetua condena de instintos.

¿Cómo se convierte la ‘bestia rubia’ –vikingo apasionado con una fuerte voluntad de poder- en una ‘bestia enfermiza’? Mediante el cristianismo. La Iglesia convierte al ser humano en ‘una monstruosidad (…) en un “pecador”’ (l.20-21), privado de libertad y arrepintiéndose por sentir pulsiones de vida, condenándose a sepultarlas, a reprimir el componente esencial del ser humano que son los instintos, ante el miedo a ‘conceptos (…) terribles’, como ‘pecado’ o ‘infierno’.

En la conclusión Nietzsche nos cuenta que a pesar de haber hecho del ser humano un enfermo al arrebatarle lo más vital, la Iglesia ‘reclamó haberlo mejorado’ (l.26).

3

La moral de la cría la protagoniza la religión india con la ‘Ley de Manú’. A continuación Nietzsche argumentará en favor y después en contra de ella:

Esta religión plantea la división de la sociedad en cuatro razas o castas: sacerdotes, guerreros, comerciantes y agricultores y criados. Para Nietzsche esta moral es más digna, más sana que la moral de la doma cristiana, porque respeta una jerarquía y la propia naturaleza, aunque no de forma artificial, también las presenta.

Sin embargo, ‘también esta organización tenía necesidad de ser terrible’ (l.13), pues ante la obsesión de mantener la pureza de sangre entre las castas mencionadas, un individuo fruto ‘de adulterio, incesto y crimen’ (l.36-37), es decir, cuyos progenitores fueran de dos razas diferentes, era cruelmente castigado. Se les conocía con el nombre de chandalas.

Nietzsche hace una lista de las muchas prohibiciones y castigos que sufrían los chandalas: solo podían comer ajo y cebollas, y beber agua de ‘charcos y de los agujeros producidos por las pisadas de los animales’ (l.26); se les prohibía lavarse y ayudarse unas a otras en los partos; sufrían mutilación genital; solo podían vestir ropa de cadáveres y escribir con la izquierda y de derecha a izquierda.

Las consecuencias son ‘epidemias mortíferas, enfermedades sexuales horribles…’(l.33).

En definitiva, la tesis de este aforismo es que aunque Manú ‘huela mejor’ que el Nuevo Testamento (la moral de cría es más sana que la de doma), tanto una religión como la otra resultan un añadido, algo artificial que condena los instintos y que busca imponerse sin dejar cabida a ninguna otra perspectiva de la realidad.

4

En este aforismo Nietzsche comprara la moral india y la cristiana.

La primera representa a la ‘humanidad aria, totalmente pura’ (l.2), ya que exalta la importancia de la pureza de sangre. Califica a los indios de arios porque para él su moral es superior, más sana. Pero por otra parte, condenar a los chandalas es un error porque puede derivar en la rebelión de los débiles que imponen una moral diferente, que es lo que ocurrió con el cristianismo.

La moral cristiana, de origen judío, es incapaz de concebir la moral de la cría, ya que elimina toda jerarquía, ‘es la religión antiaria par excellence: (…) es la transvaloración de todos los valores arios, la victoria de los valores-chandalas…’ (l.11-12). En resumen, la victoria de los débiles, de los resentidos de la vida. Y aun así se proclama ‘como religión del amor…’ (l.15).

5

En este aforismo Nietzsche concluye su crítica a toda la moral, a todos los que se han proclamado ‘mejoradores de la humanidad’.

En primer lugar, si retomamos las morales de la cría y de la doma que ya hemos expuesto, ambas tienen en común que se imponen como únicas y obligatorias y que no mejoran sino empobrecen a la humanidad. Nos quieren hacer creer que predican la verdad desde la propia mentira, ya que cuando ponen etiquetas como ‘malo’ o ‘bueno’ no hacen referencia a nada real. Son una ficción, no la verdad que dicen ser. Muchas de estas mentiras pueden ser piadosas, una convención para facilitarnos la vida; pero no por ello nos mejoran.

Todos los que han intentado imponer su moral (Manú, Platón, judíos, cristianos…) lo han hecho, por tanto, desde la mentira. Por eso Nietzsche concluye: ‘todos los medios con que hasta ahora se quería hacer moral a la humanidad eran radicalmente inmorales’ (l.12-14). Es decir, no reflejan nada real (son una ficción de la razón, del lenguaje) y se proclaman ser lo único verdadero, lo único correcto, y por tanto, de obligatorio cumplimiento.




Diccionario filosófico nietzscheano

 

Diccionario filosófico nietzscheano

Antigriegos

‘Yo reconocí a Sócrates y a Platón como síntomas de decaimiento, como instrumentos de la disolución griega, como pseudogriegos, como antigriegos’.

Platón y Sócrates rechazaron los instintos, son dos cobardes que huyeron de la realidad y se refugiaron en un mundo ideal falso el cual, además, impusieron como el único verdadero y bueno. Ignoraron el devenir que es el componente principal de la vida misma, por miedo al enigma que suponía. Hicieron de la razón un tirano, rompiendo así el equilibrio apolíneo-dionisíaco que imperaba en Grecia. Condenaron todo lo dionisíaco (pasión, desorden, instintos, descontrol…) haciendo un tirano de lo apolíneo (lo racional, ordenado…).

Décadence

‘No solo el desorden y la anarquía admitidos en los instintos indican décadence en Sócrates: de igual modo también la indican la superfetación de lo lógico y esa malignidad-de-raquítico que lo caracterizan’.

‘Es un autoengaño por parte de los filósofos y moralistas imaginarse que, por hacer la guerra contra la décadence, ya salen de ella’.

Décadents son todos aquellos incapaces de asumir la realidad del devenir. Algunos no saben aprovechar sus instintos y son arrastrados al caos por ellos. Otros son enfermos, débiles, domesticados, optan por negar y reprimir la vida y todo lo vital (instintos). Inventan trasmundos imaginarios consoladores (los grandes conceptos de la metafísica occidental: razón, moral, lógica…). Estos décadents, lo son porque su débil voluntad de poder solo les permite sobrevivir aferrándose a todo lo racional y negando los impulsos y el devenir, que es demasiado enigmático como para aceptarlo como auténticamente real. Esa decadencia se ha propagado por Occidente y el resultado final será el nihilismo.

Aristócrata

‘… ¿se venga él de los aristócratas a los que fascina?..’.

Nietzsche menciona en el apartado ‘El problema de Sócrates’ en su obra ‘Crepúsculo de los ídolos’ a la aristocracia. Estos aristócratas no debemos entenderlos como individuos de  una clase social adinerada, que es el significado que adquiere este calificativo en la actualidad; sino como ‘los mejores’. Y los mejores, para Nietzsche son los más fuertes, con una fuerte voluntad de poder y una vida ascendente. Lo que plantea nuestro filósofo en el aforismo es que algunos decadentes como Sócrates, se han servido de instrumentos que derivan de la razón como la dialéctica, para embaucar a los aristócratas, que entren en su juego y así convertirlos en decadentes. Todo ello fruto de la envidia.

Por otra parte, podemos señalar que Platón usó el término aristocracia y también lo hizo para referirse a ‘los mejores’, pero lo hizo con fines políticos, interpretando el término por su significado etimológico ‘gobierno de los mejores’. No obstante, los mejores para Nietzsche no son los mejores para Platón. Este último, en lugar de referirse a hombres libres que siguen sus impulsos,  para él son aristócratas los más sabios y preparados para gobernar (filósofo-gobernantes).

Mejoramiento

‘Llamar a la doma de un animal su ‘mejoramiento’ es a nuestros oídos casi una broma. Quien sabe lo que sucede en las casas de fieras duda de que en esos sitios se ‘mejore’ a la bestia’.

Este término aparece siempre entre comillas porque Nietzsche lo utiliza de manera irónica, pues con él se refiere precisamente a lo contrario, porque la doma de un animal no es más que su debilitamiento. Cuando el autor nos dice que desde la antigüedad se ha querido ‘mejorar’ a los seres humanos, se refiere a que siempre se ha querido dirigir su comportamiento y su vida a través de una moral que impone reglas y coarta la libertad. Por eso la moral no es ningún mejoramiento, porque convierte al fuerte en enfermo mediante métodos represivos (decir no a los instintos=negar la vida). Así, hay dos tipos de moral, dos tipos de mejoramiento: la doma y la cría.

Metafísica

‘…monstruosidad y todavía-no-ciencia: quiero decir, es metafísica, teología, psicología…’

La metafísica es contraria a la vida. Para Nietzsche la vida es cambio, devenir, y la metafísica es un intento de momificar la realidad a través de conceptos estables, permanentes e inmutables (alma, Dios, cielo, esencia…) en los que refugiarse ante lo que no podemos explicar (miedo al devenir). Los responsables de esta visión del mundo son filósofos clásicos como Platón y Sócrates y otros posteriores que siguen este camino de la racionalidad, como Descartes.

Dialéctica

‘Con Sócrates el gusto griego da un cambio brusco a favor de la dialéctica…’

La dialéctica se inmiscuye en la cultura griega por Sócrates, pero es solo un arma –producto de la razón- empleada por los más débiles. Es, por tanto, un síntoma de aquellos que tienen una débil voluntad de poder. En Sócrates, es el arte del diálogo, que para Nietzsche es algo inútil, ya que en los debates propiciados por este filósofo a ningún punto claro se llegaba. Para Nietzsche la verdad no necesitada ser demostrada, y mucho menos mediante argumentos y conceptos que pretenden persuadir de que lo que se afirma es lo único verdadero. Platón aprendió esto de su mentor Sócrates y lo aplicó a su teoría del filósofo gobernante: la dialéctica era el último escalón del camino del conocimiento de la educación del filósofo, siempre con el fin de encontrar definiciones universales y únicas. Esto para Nietzsche es momificar la realidad, no decir nada de ella, sino limitarla, no tener en cuenta el devenir que es el componente principal de la vida.

Nihilismo

El nihilismo es el vacío de sentido al que llegará Occidente cuando repare en que todo aquello en lo que ha creído ciegamente (razón, lenguaje, moral…) no tiene en su origen otra cosa sino el miedo al devenir de unos seres decadentes que necesitaban servirse de la razón para crear trasmundos alternativos estables, universos ficticios en los que confiar para sentirse seguros ante el enigmático mundo y así poder sobrevivir.

Así encontraremos dos tipos de nihilismo: el pasivo y el activo. Con el nihilismo pasivo asistimos a la desvalorización de los grandes valores tradicionales, pero todo está perdido y prevalece una actitud pesimista y no creativa. El nihilista pasivo tiene una débil voluntad de poder, es apático, aburrido. No obstante, el nihilismo activo se caracteriza por la muerte de Dios, que es la muerte de la cultura y sus valores. El tránsito del nihilismo pasivo al activo se refleja con tres etapas: partimos siendo camellos (etapas de asimilación de los valores), después está la etapa del león (crítica y destrucción de los valores) y por último, la del niño. El niño es la metáfora que nos lleva al superhombre, que es libre, es su propio Dios y crea sus propios valores.

Razón

Este término lo nombra Nietzsche en numerosas ocasiones. Veamos algunos ejemplos:

‘Cuando se tiene necesidad de hacer de la razón un tirano, como hizo Sócrates…’.

‘La “razón” es la causa de que nosotros falseemos el testimonio de los sentidos’.

‘…el prejuicio-de-la-razón nos fuerza a poner unidad, identidad, permanencia…’

La razón es uno de los cimientos de nuestra cultura occidental que Nietzsche rompe a martillazos con su filosofía. Es la manipuladora de nuestra experiencia de la realidad, es la ficción que crearon unos filósofos decadentes que temían el devenir, por lo que tras ella no hay nada vivo, nada real, ni siquiera un anhelo de hallar la verdad, ya que es únicamente el resultado del miedo. Así la razón es responsable del origen de la dialéctica, el lenguaje, la moral, la religión y en general, toda la metafísica. Todos esos elementos serán criticados por Nietzsche por su pretensión de establecer unas pautas fijas sin tener en cuenta el cambio ni la multiplicidad que caracterizan a nuestro mundo sensible.

Nos dice Nietzsche que Sócrates hizo de la razón un tirano. Esto quiere decir que la impuso como lo único válido, dejando de lado y despreciando todo lo dionisíaco (descontrol, instintos, apetitos, pasiones…), todo lo sensible y natural, negando así la vida misma.

Moral y ética

‘Toda la moral que predica el perfeccionamiento, incluida la cristiana, ha sido un malentendido...’.

Para Nietzsche toda moral es ‘contranatural’, es un artificio humano que tiene el objetivo de orientar nuestra vida. Cada moral es una interpretación más de la vida. Por tanto, será válida solamente como síntoma fisiológico. Así, distinguimos dos tipos de moral: la de los fuertes o señores, y la de los esclavos o débiles –nuestra moral occidental-.

La moral de señores es la moral de los fuertes. Para ellos lo ‘bueno’ es todo aquello que favorece la vida, su salud, su intensificación. Aprovechan sus impulsos y su energía creativa, satisfaciendo sus deseos y tensando sus pasiones hasta el límite. Crean sus valores sin tener en cuenta a los demás.

En contraposición a la moral de los fuertes, que viven plenamente la vida, están los débiles, que están fatigados y la niegan. Así, la moral de los débiles o esclavos se caracteriza por reprimir los instintos y las pasiones (que son nuestro componente vital), refugiándose siempre en trasmundos metafísicos, paraísos racionales de los que no tenemos experiencia sensible. Los débiles crean su moral por venganza y contraponiéndose siempre a los valores de los fuertes, con el objetivos de imponer su moral y convertir a la sociedad en un rebaño, en una sociedad gregaria que siga sus normas, que se rija por su ética.

Este último tipo de moral es la que impera en Occidente. Nietzsche lanza dagas envenenadas contra ella, principalmente por su dogmatismo (pretende establecer valores trascendentes, objetivos, absolutos, universales…), por su antivitalismo y por su intelectualismo (la idea impuesta culturalmente desde Sócrates de que el conocimiento lleva a la virtud, necesitando para alcanzarlo reprimir los instintos).

Moralistas

Nietzsche critica sagazmente a los moralistas, a los ‘mejoradores’ de la humanidad. El término aparece en bastantes ocasiones en su obra ‘El crepúsculo de los ídolos’:

‘Y, en realidad, ha habido moralistas consecuentes que han pretendido que el hombre fuera de otro modo, esto es, virtuoso, que han querido que fuera como ellos, esto es, un santurrón: por eso negaron el mundo’.

‘… ¿y cualquier mezquino holgazán que se las da de moralista ...’

‘Pero incluso cuando el moralista se dirige simplemente al individuo y le dice: “¡tú deberías ser de tal y tal manera!”, no deja de ponerse en ridículo.’

Los moralistas a los que Nietzsche critica son muchos (el sacerdote, filósofos…) y tratan de imponer diferentes normas y pautas de comportamiento al ser humano. Eso es lo que tienen todos en común: crean una moral que condena, intentan aprovecharse del hombre y rechazan todo aquello que sea distinto, intentando a toda costa hacer creer que su interpretación de la vida es la única válida y verdadera. Los moralistas son unos decadentes que no saben afirmar la vida, que son demasiado cobardes como para aceptar su multiplicidad y devenir, y por ello crean valores y pretenden que sean universales. El que no sigue la moral será ‘la oveja negra’ del rebaño, dado el carácter gregario que originan al imponer los mismos valores y ética para todos.

Lenguaje

‘…caemos en un fetichismo grosero cuando tomamos conciencia de los supuestos básicos de la metafísica del lenguaje, o, por decirlo más claramente, de la razón.’

Como leemos en el fragmento anterior, para Nietzsche el lenguaje es fruto de la razón, la creadora de mundos ficticios. El lenguaje nos ha hecho la vida más fácil y cómoda, pero no dice nada del mundo en que vivimos. Son meros conceptos que acotan y limitan la realidad, ya que utilizamos una misma palabra para cosas que son muy diferentes. Por ejemplo, uso la misma palabra (árbol) para referirme a un árbol hoy y para ese mismo árbol dentro de mucho tiempo, y probablemente este haya cambiado. Encontramos más elementos lingüísticos que permiten construir mundos artificiales: el término ‘yo’ nos convence de que siempre existe un sujeto; el verbo ‘ser’ fomenta la idea de que hay entidades permanentes; la estructura sujeto-predicado permite pensar la realidad en estructuras de causa-efecto (no todo tiene por qué tener una causa, el mundo es caótico); la polisemia permite hablar de cosas muy diferentes con un mismo concepto… Reducir la realidad a conceptos de este modo es la opción vital del metafísico, del fatigado de la vida. Por eso el lenguaje es un síntoma de nuestra fisiología.

Superhombre

El superhombre, übersmench (suprahumano) es un perspectivista lúdico y un artista de la vida. Es la culminación del tránsito del nihilismo pasivo al activo, que consta de tres etapas. Una vez la cultura occidental queda vacía de sentido, encontraremos nihilistas pasivos, pesimistas que asumían toda obligación (camellos, primera etapa). El camello ha de ser eliminado, tendrá que convertirse en león (critica los valores y los destruye, anuncia la muerte de Dios). Por último, este león, que no es libre porque está dominado por la venganza, tendrá que convertirse en niño (símbolo de la libertad) para crear sus nuevos valores. La metáfora del niño nos conduce al superhombre, que ama el riesgo y se convierte en su propio Dios, él es su religión. Incorpora el dolor como un elemento más enriquecedor que forma parte de la vida. Ignora los juicios de los demás y no cree en la igualdad, sino en la diversidad y la diferencia. No se deja convencer por el ‘rebaño’, es un solitario. El superhombre ni critica ni se queja, sino que vive la vida desde el deseo, desde sus impulsos vitales.

Voluntad de poder

En la obra arquitectónica han de quedar de manifiesto el orgullo, el triunfo sobre la fuerza de la gravedad, la voluntad de poder…’.

Schopenhauer define la voluntad de vivir como una especie de fuerza cósmica que se esfuerza por autoafirmar su existencia. Se empeña en negarla, alegando que está conformada por impulsos egoístas, mientras que Nietzsche la recoge y la llama voluntad de poder, defendiendo su realización práctica.

La voluntad de poder en la filosofía nietzscheana aspira a afirmar la vida (vitalismo), es la energía vital que nos lleva a actuar con el fin de autoafirmarnos. Es inconsciente, un impulso fisiológico. La voluntad de poder configura las pasiones y también la razón, es cambiante y necesita oposición y dolor para poder crecer. Carece de fin externo, se quiere por sí misma; es creativa y libre. Los límites los marca el poder, no la moral. Por último, la voluntad de poder tiene múltiples manifestaciones, porque las pulsiones son diversas que abarcan desde la crueldad a la generosidad. No tiene sentido calificarlas de correctas o incorrectas, puesto que son simples respuestas orgánicas.

Perspectivismo y subjetivismo

Para Nietzsche conocer no es un acto en el que aparece la esencia de las cosas, la verdad única y absoluta, sino una valoración hecha desde un individuo, por lo que todo es subjetivo y la totalidad son el conjunto de las distintas perspectivas. No hay una verdad única y universal, como nos quieren hacer creer muchos filósofos, moralistas, metafísicos… Todas las interpretaciones son igual de válidas. El mundo metafísico es solo la interpretación de los enfermos, que necesitan creer en la existencia de un mundo estable y no pueden aceptar que el resto de perspectivas diferentes a la suya son igual de válidas. Lo importante no es buscar un criterio desde el que unificar el sentido de la existencia, sino aprender a experimentar la vida sin un criterio absoluto de verdad.

Posteriormente, el filósofo español Ortega y Gasset también apoyará este perspectivismo.

Inmoralista

Nietzsche se considera un inmoralista, se sitúa más allá del bien y del mal:

‘La Iglesia ha pretendido siempre aniquilar a sus enemigos: nosotros, los inmoralistas y anticristianos, consideramos que obtenemos una ventaja del hecho de que subsista la Iglesia...’.

‘…los inmoralistas, que somos tan distintos, hemos abierto nuestro corazón a toda clase de conocimientos, de comprensiones, de aprobaciones. Nos resulta difícil negar…’.

Frente al moralista que intenta imponer su modelo de vida, negando las demás perspectivas, los inmoralistas las aceptan todas y no niegan nunca, siempre afirman y experimentan la vida. No intentan imponer nada a nadie y no se dedican a reprimir aquello que no coincide con su ideal. Comprenden y reivindican cada una de las diferentes manifestaciones de la vida, se aprovechan incluso de sus enemigos, hacen que su voluntad de poder crezca a través de ellos.

Castrar

‘La Iglesia combate las pasiones a base de extirpar, en todos los sentidos de la palabra: su medicina, su «terapia» consiste en castrar. ‘

El castradismo es una de las estrategias de los que niegan la vida, que no saben aprovechar las pasiones y los instintos y optan por reprimirnos para evitar el caos, la anarquía. Esta ‘cura’ o ‘terapia’ la introdujeron Sócrates y Platón, y sobre todo, la empleó el cristianismo, la Iglesia. Declararon la lucha contra las pulsiones y las aniquilaron. La razón se convirtió en un tirano.  Para justificar esta lucha, el cristianismo apela a Dios, a la culpa, al castigo… La consecuencia es que los instintos vitales más fuertes no se sentirán como placenteros sino como causa de sufrimiento. Así es como la Iglesia ataca a la vida en su raíz.

Fetichismo

‘…caemos en un fetichismo grosero cuando tomamos conciencia de los supuestos básicos de la metafísica del lenguaje, o, por decirlo más claramente, de la razón. Ese fetichismo ve por todos los lados a gentes y actos: cree que la voluntad es la causa en general; cree en el «yo», que el yo es un ser, una sustancia, y proyecta sobre todo la creencia en el yo como sustancia’.

El fetichismo es atribuir de manera irracional cualidades a ciertos objetos o en este caso, crear conceptos y asignarles un significado creyendo erróneamente que este se halla en la realidad. Ese es el fetichismo del lenguaje que Nietzsche critica. Así, nombra conceptos como ‘causa’, ‘yo’ o ‘sustancia’ que momifican la realidad porque son siempre los mismos pero esta no (el devenir es el componente principal de la vida). Además, la acotan, la delimitan, no designan su multiplicidad, porque son conceptos invariables. Sería necesario eliminar el lenguaje para deshacernos de su fetichismo y eliminar esta visión de la realidad, que pretende ser unívoca.

Error

‘En la medida en que la moral condena sin más, sin partir de consideraciones y sin atender las intenciones propias de la vida, constituye un error específico con el que no se debe tener compasión alguna, una idiosincrasia de degenerados, que ha hecho un daño incalculable.’

La moral que condena es un error para Nietzsche, algo típico de degenerados, decadentes, moralistas, que ha debilitado a los fuertes y se ha impuesto como si fuera la única interpretación válida de la vida. Pero este error es la causa directa de uno mayor: la confianza ciega de Occidente en la razón desde la antigua Grecia (Parménides, Sócrates, Platón…) que continua con el cogito cartesiano (siglo XVII), con Kant (siglo XVIII) y con el positivismo (siglo XIX). Otro error producto de la razón es el lenguaje, que intenta mediante conceptos racionalizar la realidad, hacerla comprensible, cuando en realidad no es algo con lógica o coherencia, tan solo caos y devenir.

Cura

‘…su fealdad, (…) lo expresaba a los ojos de todos modos: fascinaba, (…) aún más intensamente como respuesta, como solución, como apariencia de cura…’

En el aforismo 9 del apartado ‘El problema de Sócrates’ de la obra ‘Crepúsculo de los ídolos’ la cura es una cura irónica, es todo lo contrario: Sócrates extiende la enfermedad de la razón en Grecia, algo que se pagará caro en un futuro, cuando todos se den cuenta que detrás del origen de la razón solamente hay una fisiología decadente y miedo al devenir. Esto dará paso al nihilismo en la cultura occidental, que no se ha librado de la enfermedad, ya que confía en la razón ciegamente. Así, Sócrates la planteó como una cura ante la anarquía de los instintos, no tenía una voluntad de poder lo suficiente fuerte como para controlarlos y por ello optó por reprimirlos. Grecia siguió su ejemplo. Este filósofo generaba también admiración, fascinaba con su dialéctica.

Momia

‘Los filósofos creen que honran algo cuando lo sacan de la historia, cuando lo conciben desde la óptica de lo eterno, cuando lo convierten en una momia.’

 

Una momia es un cuerpo muerto, rígido e imperecedero. Eso es lo que hacen los filósofos-momia (Platón y Sócrates) con la realidad  cuando filosofan, según Nietzsche, puesto que la petrifican con sus conceptos. Ignoran el devenir y les caracteriza su carencia de sentido histórico.

Vitalismo

La propia vida –y no la razón, la moral o la fe- es el criterio de Nietzsche para valorar las acciones humanas, por eso su teoría es vitalista. Es la energía vital de cada individuo la que permite determinar su actitud ante la vida, sus decisiones y permite establecer una jerarquía natural entre los seres humanos. El sentido de la vida no es trascendente, sino que se encuentra en el cuerpo, a través del cual experimentamos la vida. El vitalismo es la teoría a la que llegamos mediante la voluntad de poder, la fuerza vital que nos mueve. Hay que decir sí a la vida, al contrario de lo que hacen los seres decadentes (sabios, filósofos, sacerdotes…) que tienen una débil voluntad de poder y reprimen los instintos (el componente vital esencial). Por eso nos dice: ‘Los más sabios de todas las épocas han pensado siempre que la vida no vale nada (…) se ha oído de su boca el mismo acento: un acento cargado de duda, de melancolía, de cansancio de vivir, de oposición a la vida.’

Mundo

‘No hay más mundo que el «aparente»: el «mundo verdadero» no es más que un añadido falaz.’

Lo que muchos filósofos han considerado ‘mundo aparente’ (Parménides, Sócrates, Platón…), alegando que los sentidos son engañosos y no nos permiten alcanzar el auténtico conocimiento, es en realidad el mundo en el que vivimos, el único mundo real. Crearon por miedo al enigma que consiste nuestro mundo cambiante un supuesto ‘mundo verdadero’, que calificaban como estable, auténtico, único. Pero no es más que ‘un añadido falaz’, una ficción de la razón que el débil crea para poder sobrevivir, porque no puede aceptar que lo real es el mundo sensible, que deviene, que es inestable. Para ellos el ‘mundo verdadero’ es accesible a la razón (o a la fe para algunos), pero es en realidad un mundo metafísico que solo sirve para autoengañarse.

Enfermedad

‘…síntoma de enfermedad, de decadencia, de agotamiento…’

Los enfermos para Nietzsche son aquellos cuya fisiología no es capaz de afrontar las manifestaciones de los instintos. Esto es, las manifestaciones de la vida. Y por eso las reprimen, porque temen las consecuencias que pueden derivar de esos impulsos que no saben controlar y aprovechar. Tienen una actitud de negación de la vida que indica debilidad. Desprecian este mundo y se sacrifica la vida por un mundo metafísico (que llaman verdadero) producto de la razón (del miedo) al que nunca accederán. Desconfían de los sentidos y de las pulsiones, de la energía vital. Se limitan a creer en ese trasmundo porque no tienen la fuerza para aceptar la vida tal y como es (cambiante, caótica, incoherente…) y luchar por crearla según sus propios valores.

Esto es lo que entiende Nietzsche por enfermedad. Y anuncia que esta se ha extendido por Occidente. La cultura occidental está enferma.

Ario

‘…la humanidad aria, totalmente pura, totalmente originaria…’

El origen de este término nos lleva al sánscrito, una lengua indoeuropea. Se significaba ‘honorable’. El término designa actualmente en un sentido étnico a los primitivos pueblos indo-iraníes. En el siglo XIX, se generalizó para denominar a todos los pueblos indoeuropeos originarios, los arios primitivos.

Nietzsche emplea el término en el primer sentido citado: no como un concepto racial, sino referido a un ‘origen honorable’. Representa aquellos pueblos superiores, cuyos valores son la fuerza vital, la afirmación de la vida, la vida ascendente.

Chandalas

‘…dispone que el único alimento permitido a los chandalas sean ajos y cebollas, puesto que la Escritura Sagrada prohíbe darles cereales…’

Son los individuos de la sociedad india no incluidos en ninguna de las castas en las que se organizan. Son productos del ‘adulterio’ o mezcla de castas. Quedan, por tanto, excluidos de la sociedad, sin ningún derecho. Contra ellos arremete la Ley de Manú (moral india), a través de normas crueles que los debilitan todavía más (no pueden escribir de izquierda a derecha, no pueden comer cereales, solo pueden beber agua de charcos, no pueden lavarse…).

Cristianismo o moral de la doma

‘El cristianismo es la inversión de todos los valores arios, el triunfo de los valores chandalas, el evangelio dirigido a los pobres e inferiores, la rebelión general de todos los oprimidos, miserables, malogrados y fracasados dirigida contra la «raza»’.

‘La moral de la cría y la moral de la doma son totalmente dignas la una de la otra en cuanto a los métodos que utilizan para imponerse.’

El cristianismo es una moral creada por débiles, que someten su voluntad a una entidad (Dios) que pertenece a un trasmundo ficticio (el cielo). Esta religión es el triunfo de los débiles. Ni siquiera respeta una jerarquía como la ‘moral de la cría’ (moral india), sino que el cristianismo o moral de la doma sitúa al débil en la cima de todo. Por ejemplo, el sacerdote, que predica dicha moral, pretendiendo evangelizar e imponer su ética, sin ser otra cosa que un resentido de la vida, un castrado de la vida. Porque eso es lo que hace la moral de la doma: mediante la promesa de alcanzar después de esta vida un mundo mejor (el cielo) instiga a reprimir los instintos vitales. Así, el cristianismo, según Nietzsche, ataca a la vida en su raíz. Inculca sentimientos de culpa (autodestructivos) y convierte a la ‘bestia rubia’ (prototipo de humano fuerte y libre) en un ser enfermo. La bestia se vuelve dócil, mansa, obediente. Como vemos, es algo antinatural. Por eso, para Nietzsche (aunque considera menos malas unas morales que otras) toda moral, toda religión, es ‘contranatural’.

Devenir

‘Su carencia de sentido histórico, su odio a la idea misma de devenir, su afán de estaticismo egipcio.’

El devenir es el cambio, el componente esencial de la vida según Nietzsche. Ante este, los filósofos-momia (Parménides, Sócrates, Platón) han creado un trasmundo ficticio donde todo es estable, eterno e inmutable, porque no sabían sobreponerse al devenir que rige nuestro mundo y lo convierte en algo enigmático, incoherente y caótico. Su voluntad de poder es débil y los débiles han triunfado, porque la razón y lo que de ella deriva (dialéctica, lenguaje, moral, religiones, metafísica…) se ha impuesto y ha llegado hasta nuestros días. Y por eso para Nietzsche la cultura occidental está enferma.

En contraposición, Nietzsche alaba a Heráclito porque este sí que consideraba el devenir como el componente principal de la vida, como lo único auténticamente real. Pero aún le reprocha una cosa: su trato para con los sentidos. Si bien es cierto que no los condena por el mismo motivo que los filósofos-momia. Estos descargaban su odio contra el cuerpo (para ellos es la cárcel del alma) y consideraban los sentidos engañosos por no mostrar la auténtica realidad, que era para ellos eterna y estable. Heráclito también los condena, pero porque para él no muestran el cambio, sino que nos ofrecen una visión estable y permanente de las cosas. No podemos captar el fluir de la realidad en sí.

Para Nietzsche, que filosofa a martillazos, están todos equivocados. Es injusto condenar a los sentidos porque no nos engañan, sino que nos muestran lo que hay y son nuestra única fuente de conocimiento de la realidad.

Griegos

‘Lo que yo he vislumbrado en los griegos ha sido su instinto más fuerte, la voluntad de poder…’

Aunque Nietzsche critique a Platón y a Sócrates, no tiene la misma consideración de todos los griegos. Por ejemplo, Tucídides y los sofistas (opuestos a la moral socrática). Pero lo que admira realmente de los griegos es el fuerte instinto vital, la voluntad de poder, que desencadenó luchas violentas. Ese instinto se plasmó en la necesidad de ser fuerte y hábil y también en sus fiestas (bacanales dionisíacas) y arte.

Instintos y pasiones

‘La moral que va en contra de la naturaleza, esto es, casi toda la moral que se ha enseñado, respetado y predicado hasta hoy, va precisamente en contra de los instintos…’.

‘Todas las pasiones tienen una época en la que resultan sencillamente nefastas, en la que subyugan a sus víctimas con el peso de su estupidez; y una época posterior, mucho más tarde que la otra, en la que se desposan con el espíritu, en la que se «espiritualizan»’.

Son fuerzas vitales arraigadas en lo corporal, pulsiones, apetitos, que nos impulsan y van unidas a la voluntad de poder. Se manifiestan de modos diferentes: instinto de crueldad, de dominación, de superación, de amar, de crear…

Al principio, nos explica Nietzsche, los impulsos son anárquicos, incontrolables, resultando nefastos para los seres humanos. La respuesta de los débiles (Sócrates, Platón, el cristianismo…) ha sido luchar contra esas pasiones hasta el punto de aniquilarlas. Nietzsche propone, en contraposición, espiritualizar las pasiones, embellecerlas, liberarlas, a través de una actitud vitalista, artística y creativa.

Ley de Manú o moral de la cría

‘La moral de la cría y la moral de la doma son totalmente dignas la una de la otra en cuanto a los métodos que utilizan para imponerse.’

Nietzsche llama a la Ley de Manú -moral que procede de la religión india- moral de la cría porque en ella se ‘crían’ cuatro castas o razas diferentes: sacerdotes, guerreros, comerciantes o agricultores y criados (sudras). Solo se permite el cruce entre individuos pertenecientes a una misma casta para lograr la ‘pureza de sangre’.

Nietzsche, aunque está en contra de toda moral, prefiere la moral de la cría a la moral de la doma (cristianismo), porque establece una jerarquía tal y como encontraríamos en la naturaleza. Por eso la moral de la cría es más natural. Sin embargo, no simpatiza con el hecho de que haya un sacerdote que se convierte en la autoridad que dicta las normas. Y también esta moral arremete contra los débiles (los chandalas, producto del cruce entre dos personas de castas diferentes), condenándolos, limitándolos, reprimiéndolos. Así se corre el riesgo de que los débiles se rebelen, ganen e impongan valores decadentes y opuestos a la vida.

Filósofos

‘La «mentira piadosa» constituye un patrimonio común de todos los filósofos y sacerdotes que han «mejorado» a la humanidad’.

Nietzsche critica a los filósofos por haber querido imponer una visión del mundo racional que es solo origen de su miedo al devenir del mundo sensible. Así, lanza sus dardos envenenados contra Sócrates, que introdujo la razón en Grecia e hizo de ella un tirano. Contribuirá también Platón a esta ruptura del equilibrio apolíneo-dionisíaco siempre a favor de lo apolíneo (orden, razón) y condenando lo dionisíaco (descontrol, pasiones) que no se sabe controlar ni aprovechar (débil voluntad de poder). Además, Platón con su dualismo ontológico-epistemológico (teoría de las Ideas) y su dualismo antropológico abre las puertas al cristianismo, que tanto deteste Nietzsche. La racionalidad continúa con el cogito cartesiano y Kant hasta llegar a nuestros días. Podríamos resumir los motivos por los que Nietzsche critica a los filósofos de la siguiente manera: no tienen en cuenta el devenir ni el transcurso de la historia y acotan la realidad con conceptos que no dicen nada de la realidad. Por eso los llama filósofos-momia, porque petrifican la realidad y crean trasmundos ficticios que rigen sus vidas y definiciones que consideran verdaderas, auténticas, imperecederas, inmutables; ignorando el devenir –que es la esencia de la vida- y negando los instintos –que son el componente principal del ser humano-.

Transvaloración

Es la transformación que han sufrido los significados de los conceptos ‘bueno’ y ‘malo’. En su origen indicaban la valoración propia de los nobles y los plebeyos, una realidad superior a la otra. Sin embargo, cuando los débiles, los esclavos, se rebelaron, estos términos pasaron a tener un significado moral: los valores nobles pasaron a considerarse malos y los del plebeyo, como buenos. Con la muerte de Dios y la llegada del superhombre se producirá otra transvaloración que devolverá el significado original de lo que es bueno o malo, más allá de la valoración moral, más allá del bien y del mal.

Hay una necesidad de cambiar los falsos valores (transvalorar) que imperan en la cultura occidental desde Sócrates, desde el momento en que se rompió el equilibrio apolíneo-dionisíaco y se invirtieron los valores.

Síntoma

‘Los juicios y las valoraciones relativas a la vida, en pro y en contra, no pueden ser nunca, en última instancia, verdaderos: sólo valen como síntomas…’

La creencia en entidades metafísicas, como Dios, o el Bien, son inventos humanos, que no designan nada de la realidad. Son ficciones que algunos individuos pretenden imponer. Son síntomas que revelan la enfermedad de aquellos individuos y sociedades que los mantienen.

Los juicios de valor contrarios a la vida son un síntoma de una determinada condición fisiológica enfermiza, de decadencia, de impotencia ante el devenir, de una débil voluntad de poder que no es capaz de crear sus propios valores y seguir sus instintos. De todo esto es síntoma la moral de muchos filósofos (Sócrates, Platón…) y la cristiana.

Zaratustra

‘…fin del más largo error; punto culminante de la humanidad; comienza Zaratustra…’

Es el filósofo protagonista de su obra ‘Así habló Zaratustra’, el Mesías que anuncia la llegada del nuevo humano, el superhombre, creador de valores y capaz de superar el nihilismo.

jueves, 20 de agosto de 2020

FILO JULIO 2019 EBAU EJEMPLO RESUELTO (Descartes y Nietzsche)


FILO JULIO 2019 EBAU EJEMPLO RESUELTO (Descartes y Nietzsche)

 OPCIÓN PRIMERA

DESCARTES

1/ A continuación comentaremos un fragmento de la primera parte de la obra ‘Discurso del método’ del filósofo francés René Descartes.

En él el autor habla del método (tema) y de qué le ha sido muy provechoso en su búsqueda de la Verdad.

El problema filosófico sería: ¿ha sido útil el método de conocimiento empleado?

A través de una estructura expositiva y en un tono muy autobiográfico el autor nos conduce a su conclusión:

Comienza afirmando que juzga acertado haberse ‘metido desde joven por ciertos caminos’ (líneas 1 a 2), en busca de la Verdad, ya que mientras efectuaba dicha búsqueda, ha ido conformando su propio modo de proceder, su propio método, al que define como: ‘medio para aumentar gradualmente mi conocimiento y elevarlo…’ (línea 3 a 4). Resuena aquí el eco de humildad socrático, pues dice que elevará su conocimiento hasta donde sus límites (‘mediocridad de mi ingenio’) y el fugaz tiempo le permitan.

En la línea 5 nos dice que su método ha sido fructífero y que ante la duda, se inclina más por ser cauteloso que por la presunción. Cuenta que observa lo que otros hacen y no encuentra ninguna tarea que lleven a cabo que no le parezca ‘vana e inútil’ (línea 8); mientras que cree que él sí que ha progresado adecuadamente en su ‘investigación de la verdad’ (línea 10).

En la conclusión (líneas 10 a 12), nos dice que de entre todas las cosas de las que un hombre puede ocuparse, no cree que haya ‘alguna sólidamente buena e importante’ como lo es la que ha elegido: la búsqueda de la Verdad.

2/ El término ‘método’ aparece por primera vez en la línea 3, y Descartes lo define como ‘un medio para aumentar gradualmente mi conocimiento y elevarlo poco a poco…’. Después en la línea 5 dice: ‘tales frutos he recogido ya de ese método’, es decir, le ha servido para progresar, como dice más adelante, en la investigación de la Verdad (línea 10), que es el objetivo de su filosofía. Por eso podemos decir que el método en la filosofía de Descartes es el camino a la verdad.

Si la razón bien empleada es infalible, es necesario un método para su correcta utilización, el cual servirá para todas las ciencias sin excepción, pues todas forman parte de una realidad y Verdad únicas.

Entiende Descartes por método una serie de ‘reglas ciertas y fáciles, tales que aquel que las observe no tome nunca algo falso por verdadero y (…) llegue a la comprensión de todas las cosas que no sobrepasen sus capacidades’.

La razón se ejercita a través de la intuición y la deducción, por lo que las reglas del método son normas para utilizarlas correctamente. El método de Descartes está inspirado en las matemáticas, que han demostrado ser rigurosas. Propone cuatro reglas:

1) No admitir como verdadero nada que no sea absolutamente evidente, nada sobre lo que quepa la más mínima duda. Solo se aceptará lo que sea verdaderamente intuido.

2) Dividir cada dificultad en tantas partes como sea necesario para su mejor solución. Es la regla del análisis.

3) A partir de esos datos simples y evidentes se van construyendo conocimientos más complejos. Es la regla de la síntesis.

4) Comprobar que en el proceso no existe error alguno.

3/ ‘Morale par provision’

Mientras Descartes buscaba la Verdad necesitaba proveerse de unos mínimos morales, puesto que la voluntad no puede privarse de actuar. Esa fue la razón que le llevó a diseñar su moral provisional. ¿En qué consiste? ¿Qué importancia tiene en su filosofía? ¿Por qué la calificamos de provisional? A continuación explicaremos las cuatro máximas que componen la moral provisional que nuestro filósofo expone en la tercera parte del ‘Discurso del método’.

 

La moral provisional es un instrumento metódico del que Descartes se sirve mientras busca unos cimientos firmes y seguros en su filosofía, que es la base del edificio del conocimiento. Debe derribar este último, para reconstruirlo después, siendo ya conocedor de la Verdad. En este proceso, en el ámbito teórico, es capaz de aplicar la duda metódica. Pero en el ámbito práctico, la cualidad del alma humana de actuar (la voluntad), no puede privarse de hacerlo. Y de ahí deriva entonces su necesidad de construirse una moral provisional, una vivienda ‘donde poder estar cómodamente alojado’ mientras trabaja en la construcción del edificio definitivo de la ciencia.

La moral provisional, compuesta por cuatro mínimos morales, se califica con tal adjetivo porque es una herramienta de la que Descartes se PROVEE no porque sean preceptos transitorios, pues se mostrarán como definitivos en el ‘Tratado de las pasiones’.

El primer principio consiste en la sumisión a la religión católica y a las leyes y costumbres se su país, no porque estén por encime de las de otros territorios, sino porque es más práctico seguir lo establecido en la zona en la que vive; y también para evitar problemas sociopolíticos y religiosos. Así Descartes consigue la tranquilidad de espíritu sin la que sería imposible buscar la Verdad.

Pero habiendo más de un camino, ¿cuál escoger, aún en estado de incertidumbre? La respuesta de Descartes sería el camino del centro, siguiendo así la teoría aristotélica del justo medio: se busca la moderación; los extremos no son buenos. El camino medio, debido a su equidistancia, en caso de ser erróneo, estaría más cerca de la Verdad que los extremos.

En esta moderación defiende también la necesidad de eludir compromisos que aten nuestra libertad en el futuro, ya que no que nos parece bien hoy, nos podría parecer mal mañana. Puede que nuestra opinión no sea la misma cuando se hizo la promesa que en el presente.

A continuación, en la segunda máxima expone la necesidad de resolución y firmeza en sus acciones. Para ello utiliza la analogía del bosque: si los viajeros que se pierden en el bosque no cesan de andar de un sitio para otro, se paran un rato, dan vueltas y vueltas… sin tomar la decisión de seguir un camino rectamente; no llegarán a ningún sitio, pues siempre seguirán perdidos. Por el contrario, si siguen una única dirección, al menos llegará a alguna parte. Y si se elige un camino equivocado, ¿sería lógico sentir remordimientos? No, pues la elección se hizo con la mejor intención posible.

Así, en el ámbito de la acción, sí que se acepta lo que aparezca como probable aunque resulte ser un error (porque no podemos dejar de actuar); pero no en el ámbito teórico, en el que mediante la razón se aprobará solo aquello ante lo que no quepan dudad (claridad y distinción).

En la tercera máxima se aborda el control de las pasiones por la razón. Descartes hace alusión a los estoicos (antiguos filósofos griegos) y simpatiza con ellos en la idea de no cambiar el orden mundo, de no aspirar a metas imposibles, sino aceptar lo límites que la naturaleza establece. ¿Cómo impedir entonces que los apetitos y deseos nos dominen y nos lleven a luchar por objetivos inalcanzables? Mediante el ejercicio de la razón. Tras mucho tiempo reflexionando, Descartes comprende que lo único que podemos hacer es controlar nuestros deseos y no anhelar nada que esté fuera de nuestro alcance.

Por último, en la cuarta máxima, Descartes cuenta que ha decidido dedicar toda su vida e cultivar su razón y avanzar en el conocimiento de la Verdad siguiendo su método inspirado en las matemáticas; ya que no había encontrado en ninguna otra cosa mayor satisfacción que en descubrir verdades.

Sin estas máximas, no habría sido capaz de limitar sus deseos ni de estar contento. Afirma que habrá que ‘juzgar bien para obrar bien’ (intelectualismo moral socrático). Hay que conocer lo mejor (el bien) para elegir las mejores opciones (adquirir las virtudes) y poder ser feliz. Descartes aspira como Aristóteles a la sabiduría tanto teórica como práctica.

 

En conclusión: en su búsqueda de la Verdad, como no se puede suspender la voluntad, Descartes diseña un moral provisional que le servirá para orientarse en la vida cotidiana mientras su razón trata de encontrar esos cimientos firmes para levantar el edificio del conocimiento. Resume en cuatro preceptos sus mínimos morales. El primero es seguir las leyes y costumbre de su país para lograr la tranquilidad de espíritu, guiándose en sus elecciones por el justo medio aristotélico (los extremos son viciosos). La segunda norma consiste en ser firme y decidido en sus acciones, evitando la incertidumbre e inseguridad en el ámbito práctico. La tercera normal, que enlaza con el estoicismo, destaca la necesidad de que la razón controle los deseos y apetitos, pudiendo así adaptarlos a sus posibilidades reales. En la cuarta norma nos habla de potenciar la razón, de la importancia de conocer el bien para obrar bien (intelectualismo moral socrático) y así ser feliz (fin aristotélico).

 

Tras analizar la moral provisional cartesiana, ¿podría considerarse que estos preceptos creados con el pretexto de orientar su voluntad, significaron también orientar su razón, aun cuando afirmaba dudar de todo?

4/ Descartes y la condena de Galileo

Descartes conoció la condena de Galileo Galilei (1633) por la Santa Inquisición, por defender el movimiento terrestre. Por eso, Descartes no publicó su obra ‘Tratado del mundo y de la luz’, en la que exponía su concepción mecanicista del mundo y defendía la tesis galileana. Descartes teme enfrentarse a la Iglesia, bien por temor a ser condenado también, o bien por mantenerse fiel a sus creencias religiosas. De todas maneras, en el ‘Discurso del método’ leemos con cuán cautela aborda temas religiosos o políticos.

OPCIÓN SEGUNDA

NIETZSCHE

1/ A continuación comentaremos un fragmento de ‘La moral como contranaturaleza’ de la obra ‘Crepúsculo de los ídolos’ del filósofo alemán Friedrich Nietzsche.

En él el autor habla de la figura del moralista (tema) y lo ridiculiza por dictar en imperativo cómo debería ser el ser humano, algo que resulta antinatural (tesis).

El problema filosófico podría ser: ¿por qué el moralista es antivitalista?

A través de una estructura argumentativa el autor nos conduce hasta la conclusión:

Comienza señalando la ‘ingenuidad’ (línea 1) que encuentra en la moral, entendiendo como moral la doctrina que exclama: ‘¡el ser humano debería ser de tal y tal manera!’ (primer argumento). Resulta que la naturaleza ‘nos muestra una riqueza fascinante de tipos’ (línea 2), es múltiple y cambiante. Y el moralista, negando toda multiplicidad y devenir (segundo argumento), marca pautas y establece cómo debería ser el ser humano (por eso ‘sabe incluso cómo debería ser él’, que también es humano). Nietzsche ridiculiza al moralista: es un pelagatos y mojigato (línea 5) y lo peor es que quiere imponer su punto de vista a todo el mundo (tercer argumento).

El ser humano es solo una parte más, ‘un fragmento de fatum’ (línea 7 a 8), de un todo, de nuestro mundo múltiple y que deviene. Por eso ordenarle que se haga diferente a como es de modo natural, va contra la misma naturaleza (cuarto argumento).

En la conclusión (línea 9 a 10) Nietzsche destaca que los moralistas no crean una moral solo para ellos mismos, sino que pretenden que todos la sigan estrictamente. Por eso nos dice que han querido al ser humano ‘a su imagen, a saber, como un mojigato’ (línea 11). Resalta para concluir su indignación con los moralistas mediante exclamaciones, pues son antivitalistas (‘negaron el mundo’ y su devenir y multiplicidad), lo cual es una locura (línea 11) y los llena de inmodestia (línea 12).

2/ El término ‘moralista’ aparece por primera vez en el texto en la línea 4: ‘cualquier mezquino holgazán que se las da de moralista…’; y una segunda vez en la línea 6: ‘cuando el moralista se dirige simplemente al individuo y le dice: “tú deberías ser de tal y tal manera”, no deja de ponerse en ridículo.’.

Los moralistas a los que Nietzsche critica son muchos (el sacerdote, filósofos…) y tratan de imponer normas y pautas de comportamiento al ser humano. Crean una moral que condena, intentan aprovecharse del hombre y rechazan todo aquello que sea diferente, intentado a toda costa hacer creer que su interpretación de la vida es única y verdadera. Los moralistas son unos decadentes que no saben afirmar la vida, que son demasiado cobardes para aceptar su multiplicidad y devenir, y por eso crean valores y pretenden que sean universales. El que no sigue la moral será ‘la oveja negra’ del rebaño, dado el carácter gregario que originan al imponer unos mismo valores y éticas a todos.

En contraposición, encontraríamos el término inmoralista, que define a aquel que acepta todas las interpretaciones de la vida sin negar ninguna, entendiendo que todas son igual de válidas (perspectivismo). Siempre afirman y experimentan la vida. No intentan imponer nada a nadie y no se dedican a reprimir aquello que no coincide con su ideal.

3/ El nihilismo y el superhombre

¿Qué es el nihilismo y qué relevancia tiene en la filosofía nietzscheana? ¿Qué relación tiene con el superhombre? ¿Cómo superar el nihilismo pasivo? ¿Por qué la metáfora del niño nos lleva hasta el superhombre? ¿Cómo es el superhombre? ¿Qué rasgos lo caracterizan? A continuación explicaremos, partiendo del método de análisis genealógico, qué es el nihilismo y cómo podría producirse la llegada del superhombre.

 

Para llegar al nihilismo y al superhombre, es necesario partir del método de análisis genealógico, que es el que utiliza Nietzsche para romper ‘filosofando a martillazos’ con la razón y la cultura occidental, mostrando su decadente origen.

Sus dardos atentan contra la moral, la metafísica, la ciencia y el lenguaje; pero por encima de todo, contra la razón, que es la causa a la que se deben la existencia de todos estos elementos que conforman nuestra cultura.

¿Dónde está el origen del error? Para hallarlo debemos remontarnos a la Antigua Grecia: Sócrates y Platón rompieron con el equilibrio apolíneo-dionisíaco que imperaba, exaltando lo apolíneo (lo racional) y condenando lo dionisíaco (lo irracional, pasional, desordenado, caótico…).

¿Por qué hicieron esto? Por miedo. Eso es lo que hay tras nuestra cultura y tras la racionalidad. Tenían una débil voluntad de poder, por lo que no sabían aceptar el caos y devenir que caracteriza al mundo y decidieron crear trasmundos metafísicos tras los que refugiarse, que serían estables, inmutables, perfectos (pero que en realidad no existen ni nada tienen que ver con la realidad).

¿Qué papel juega en esto el lenguaje y la moral? Bien, pues a estos filósofos, Nietzsche los llamaba filósofos-momia, porque establecían definiciones que pretendían que fueran universales y unívocas bajo conceptos. Así limitaban la realidad e ignoraban el cambio que la caracteriza; así como la ciencia, con sus leyes que pretenden ser trascendentes, cuando la realidad es que todo deviene. Pero es que además, en cuanto a la moral, en contra de la moral de señores, que potenciaba al cuerpo y a los instintos, establecieron que lo ‘bueno’ era la prudencia, sabiduría, etc.; mientras que lo ‘malo’ eran las pasiones e instintos que apartaban al ser humano del camino al conocimiento. Así se produjo una transvaloración y pasó a negarse lo natural (instintos), negando así la vida (antivitalismo).

¿Qué pasará cuando Occidente se dé cuenta del origen decadente de su cultura? ¿Qué sucederá cuando reparen en que: RAZÓN=ENFERMEDAD? Se instaurará entonces el nihilismo, el sin-sentido de la cultura. Hay dos modos de afrontarlo, por lo que encontramos el nihilismo pasivo y el activo.

El nihilismo pasivo supone no saber aceptar adecuadamente que los valores culturales son inútiles. Es una etapa caracterizada por la frustración, el aburrimiento, la inadaptación al cambio.

¿Cómo pasar del nihilismo pasivo al activo? Nietzsche lo explica mediante tres etapas:

En primer lugar estamos en la etapa del camello, que supone la asimilación de los valores y normas. En segundo lugar, está la etapa del león, que comienza a ver cosas que le desagradan y las critica, hasta que al fin, contrariado, rompe con todos los valores de su cultura (esto se conoce como ‘la muerte de Dios’). Por último, una vez hemos roto con los valores, queda aceptarlo y crear otros nuevos, de manera libre y sin imponer nada a nadie. Esto nos lleva a la última etapa, la etapa del niño.

¿Qué relación tiene el niño con el superhombre? La metáfora del niño nos lleva hasta el superhombre porque ambos son libres, creativos. El superhombre (übersmench o suprahumano) ama el riesgo, no cree en Dios (él es su propio Dios, él es su propia religión), incorpora el dolor como una parte más de la vida, no hace caso a los prejuicios del resto, no se deja convencer por el rebaño, no niega, experimenta la vida. El suprahumano obra desde el deseo, desde el cuerpo, no desde la razón ni la conciencia. Se guía por la belleza, no por el deber. Su moral se convierte en pura estética dionisiaca.

 

En conclusión, nihilismo y superhombre están relacionados porque ante la llegada del primero, tras haberse puesto de manifiesto el decadente origen (miedo al devenir) de nuestra cultura y reparar en que la moral que seguimos carece de sentido, solo si se responde activamente se podrá transitar hasta el segundo (superhombre). Nietzsche describe este tránsito del nihilismo pasivo (no reaccionar, no hacer nada, frustrarse…) al nihilismo activo a través de tres etapas: el camello (asimilación de los valores), el león (ruptura de los valores= muerte de Dios) y el niño (crea sus propios valores). Así la metáfora del niño nos lleva al superhombre, que es libre, se convierte en su propia religión, no impone nada y vive la vida arriesgándose y concibiendo el dolor como parte de ella.

Por último, podemos preguntarnos: ¿está nuestra sociedad preparada para responder activamente ante la supuesta llegada del nihilismo?