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sábado, 19 de diciembre de 2020

Exámenes Filo




 

Esquemas Nietzsche





 

viernes, 4 de septiembre de 2020

REFLEXIÓN FILOSÓFICA. INTERCULTURALIDAD.

 REFLEXIÓN FILOSÓFICA. INTERCULTURALIDAD.

La interculturalidad está lejos de haberse logrado porque hay casos en los cuales la violencia es imperante. Pensemos, por ejemplo, en el yihadismo: la multitud de atentados terroristas y la gran cantidad que estos bombardeos han causado, solo por toparse con diferentes culturas no seguidoras del islam, nos demuestran lo lejos que estamos del interculturalismo hoy en día, cuando temblamos de miedo al asistir a un evento muy popular y abarrotado de personas y acordarnos del terrorismo yihadista.

En fin, que si la interculturalidad es un proyecto universal con vistas a la convivencia y al respeto a la diversidad cultural, será muy complicado llevarlo a cabo por completo, existiendo yihadistas, que desean acabar con Occidente, y en general, con cualquiera que contradiga su forma de pensar. Representan lo contrario a lo que se busca para poder llevar a cabo la interculturalidad.

Por otra parte, la xenofobia todavía está presente hoy. Así, muchas personas, si ven a otra que no sigue las costumbres de esa sociedad, que no quiere impregnarse de la cultura dominante del lugar, que esta alejada de esa “cultura superior” que ellos creen única; no los mirarán con extrañeza sino con odio.

¿Cuántos comentarios despectivos gratuitos, racistas y xenófobos hemos escuchado? Incluso, pensándolo bien, no es necesario si quiera tener otras raíces culturales para que te falten el respeto y hieran tu dignidad. Ni siquiera muchos son capaces de respetar la dignidad de miembros de la misma cultura que ellos, por lo que: ¿cómo iban entonces, con esos prejuicios contaminando su ser, a ser capaces de pensar que las personas de otras culturas merecen los mismos derechos y respeto que ellos? El respeto brilla por su ausencia, en diversas ocasiones.

La cultura, el orgullo exaltado hacia la cultura propia, parece, desde lejos, inofensivo; pero podría constituir el camino al sentimiento de “cultura superior”, sin entender que el criterio de superior lo tenemos sistematizado acorde a lo que se nos ha enseñado y transmitido, acorde a nuestro sistema de conocimientos adquirido, empapado por nuestra cultura. No entendemos que aquello de “superior” e “inferior” es puramente subjetivo, que no podemos creernos mejores que nadie y que las culturas son diferentes, y basta. Lo que digo es que, ese sentimiento de superioridad cultural podría desembocar en aborrecer cualquier cultura distinta (porque la mejor es la propia), en señalar al diferente, al transgresor, a esa persona que es de una cultura distinta a la nuestra, que tiene unos rituales extraños y diferentes, otras creencias, y que, para qué engañarnos: es un bicho raro. Ese orgullo cultural llevado al extremo podría desembocar en xenofobia, imposibilitando la interculturalidad.

En resumen, si nos creemos superiores a otras culturas, no podrá haber interculturalidad, porque no existirá ese anhelado diálogo justo. Si nos creemos mejores, no escucharemos abiertamente otros puntos de vista. No se producirá un diálogo igualitario si pensamos que lo nuestro es lo mejor y tenemos la cabeza llena de prejuicios.

Mientras, existen países en los que no se aplican los derechos humanos, y no creo que esos gobiernos corruptos que permiten que eso ocurra con sus habitantes, estén interesados en un proyecto universal como lo es la interculturalidad.

La libertad, la igualdad y la solidaridad: son herramientas fundamentales para el proyecto intercultural, y yo pienso que hace falta un poco más de todas ellas para poder ponerlo en práctica.

¿Y respeto al pluralismo? Es complicado pensar en que se tengan en cuenta las culturas minoritarias, mucha atención tendríamos que prestar y mucho respeto poner en nuestro interior para callarnos un momento y pararnos a escucharlas: una diminuta y bajita voz, que solo con una décima parte de gente de nuestra cultura hablando sería capaz de silenciarla.

Con todo, no doy nada por imposible. Quizás algún día alcancemos la tan idílica interculturalidad. Primero necesitaremos abandonar los prejuicios filosóficos, hacernos una “autoevaluación” como personas y reconstruirnos.

Necesitaremos alcanzar la tolerancia, por mucho de que se detesten los pensamientos de la cultura de quien se ha sentado a tu lado. Y, por encima de todo, necesitaremos cooperar, pues es un proyecto mundial, no cosa de un continente o dos.

Debemos dejar de tratar de reconducir a las personas que se salen de las pautas que nuestra cultura marca. Que cada quién escoja qué quiere hacer, qué cultura seguir. Simple cuestión de libertad. Tenemos derecho a ella. TODOS NOSOTROS.

Habrá que trabajar mucho en el proyecto para que sea aceptado por todos: en cómo proponerlo, con qué método lo difundimos, cómo concienciamos y damos a conocer sus ideas, objetivos y ventajas…

Para acabar, y no menos importante: centrémonos en todo lo que nos une, no en lo que nos separa. Tan diferentes no somos, al fin y al cabo. Todos queremos ser felices, una vida digna, sobrevivir… Somos Homo Sapiens. Tenemos los mismos antecesores, prácticamente las mismas características fisiológicas.

¿Por qué nos empeñamos en discutir por nuestras diferencias si pertenecemos a la misma raza: la humana?

 

martes, 1 de septiembre de 2020

LA NECESIDAD DE LA METAFÍSICA. Redacción filosófica.

 LA NECESIDAD DE LA METAFÍSICA           Esther Serrano Franco  1ºBach. B.

¿Por qué iba a tener la metafísica alguna utilidad hoy, cuando ciencia y tecnología gobiernan el mundo? Estas son las ciencias que realmente cubren nuestras necesidades primarias y nos conducen a nuestros fines prácticos en nuestro día a día, que es lo que requiere nuestra atención inmediata. Quedaría entonces en evidencia la inutilidad de la metafísica, ¿no? No.

 

Bien es cierto que con los grandes descubrimientos como la física newtoniana, quisieron recurrir a la ciencia y a nada más, para explicar y predecir lo que puede suceder en el universo. Tal era la ilusión ante tan grandiosos hallazgos, que dieron la espalda a la metafísica. Sin embargo, la ciencia tiene lagunas, y podemos decir que la metafísica se esfuerza constantemente por suplirlas. Dejemos a las ciencias saciar nuestros fines cotidianos, ya que son cobardes para otras cuestiones universales y las apartan, mientras que la metafísica se atreve a estudiarlas. Entonces, ¿qué es la metafísica sino valentía para nadar en el mar de las dudas primeras sin ahogarse?

Como ya se ha dicho, la ciencia no puede explicarlo todo, pero, insisto: ¿Por qué limitarnos? ¿Por qué no ir más allá? No podrías emprender tal camino sin la metafísica: “más allá de la física”, por lo que es de vital necesidad. Así, la incertidumbre nos aterra y tratamos de responder a todo lo que al mundo, a Dios y al alma se refiera; pues todo ello está relacionado con dar un sentido a nuestras vidas. De este modo, buscaríamos la metafísica para orientarnos en el mundo, persiguiendo la felicidad (aspiración última de la metafísica).

Ante tan acusada incertidumbre acerca de los temas metafísicos, se nos abre paso un abanico infinito de respuestas provisionales, y cada quien escoge con libertad. De esta manera, hay diferentes concepciones metafísicas, como lo serían las distintas religiones y creencias personales. Esta concepción metafísica, influye en el pensamiento, el pensamiento en el modo de actuar, y el conjunto de tus acciones, conforman tu vida. Por lo tanto, tu concepción metafísica podría hacerte ser quien eres, o ¿es por tu forma de ser por lo que te decantas por una concepción metafísica entre tantas? Así que, después de todo, siendo que además resulta que las creencias metafísicas están tan arraigadas a tu ser, ¿aún pones en duda su utilidad?

 

Para concluir, añadir que tildando de absurda a la metafísica no haréis más que insultaros a vosotros mismos, pues compartís pretensión: conocer el mundo y al ser humano.

¿No os parece que, al fin y al cabo, resulta que también vosotros, los que no veíais la necesidad de este saber, sois metafísicos? ¿O es que nunca os habéis preguntado por el sentido de vuestras vidas?

Incidir en que la metafísica, que nos permite ir más allá de la ciencia, es y será un saber no concluido, al menos hasta que el ser humano sea humo, polvo, nada.

 

 

FILOSOFÍA: ¿Qué es lo genuinamente humano?

¿QUÉ ES LO GENUINAMENTE HUMANO?

“No existe esa pura naturaleza humana como para decir si somos genuinamente de una manera o de otra, tratando de despojar al ser humano de su situación política, histórica y social. No podemos concebir al hombre sin ello, pues al formar parte de la realidad, el ser humano existe y existió cuando ya existía el tiempo, lo que nos hace ver que nunca podremos ignorar el factor HISTORIA.” –Esther Serrano.

1. ¿Un ser racional?

Aristóteles pensó que lo que caracteriza al hombre y permite diferenciarlo de los demás seres es el “lógos”, que tiene un doble significado: razón y lenguaje.  Así, mediante este elemento, podemos comunicarnos y conocer el mundo. El lógos nos sitúa en una posición intermedia entre bestias y dioses, y somos por poseerlo, superiores a los animales.

No obstante, Friedrich Nietzsche dice que la razón es una enfermedad con la que nos toca lidiar a los seres humanos: somos la rareza del universo. Este filósofo acusaba a Aristóteles y a Platón de destructores del equilibrio apolíneo-dionisíaco, pues al buscar definiciones universales de las cosas, intentando racionalizarlo todo, ignoraban el devenir, que es la vida misma.

*     ¿Podemos decir que lo que define al ser humano es que es un ser racional, como dijo Aristóteles? ¿O acaso la razón es en realidad una enfermedad, como dijo Nietzsche?

No podemos desentendernos del “lógos”, le doy la razón a Aristóteles cuando dice que es el instrumento que nos permite conocer el mundo, pues solo con los sentidos sin valernos de la razón, nos sería insuficiente. Sin razón no nos haríamos preguntas, no existiría la filosofía, ni la lógica; seríamos esclavos de los impulsos biológicos, sin poder elegir si los seguimos o no.

Sin embargo, siguiendo a Zubiri, somos una unidad entre razón y sentidos: la razón no funciona aislada. No hay, por tanto, que hacer de ella un tirano, como diría Nietzsche. Somos más que razón: en nosotros hay pasión, hay locura, anhelo, creatividad, miedo…

La razón no es una enfermedad: aunque es cierto que a través de ella creamos nuestra propia ficción en la que ciegamente creemos, olvidando muchas veces el dinamismo de todo; no podemos tratar de vivir sin hacerlo, forma parte de nuestra realidad.

No debemos creernos superiores por ser racionales, es una cualidad como cualquier otra. Somos un segundo en la historia de la Tierra, una milésima de segundo en el Universo. ¿A qué se debe esa superioridad si solo conocemos los seres que habitan en la Tierra? Ya vale de creernos mejores por nuestra razón. Al fin y al cabo, puede que a miles de millones de años luz, en este o en otro Universo, haya una partícula, un ente, un descomunal ser, que posea una “súper razón”.

2. ¿Un ser sociable por naturaleza o por convención?

Conocemos las definiciones del ser humano de “animal político” (“pólis”: ciudad) o “animal social” gracias a Aristóteles. Se refería a que somos los únicos seres que viven en ciudades organizadas socialmente, con una serie de normas y leyes para convivir, que marcan qué está bien y qué está mal. Para este filósofo griego, la organización social es inherente a la naturaleza humana; es decir: somos seres sociales por naturaleza.

Hallamos el contrapunto a esta idea en Thomas Hobbes, John Locke y Jean-Jacques Rousseau; que imaginan un primer estado de naturaleza (hipótesis de trabajo) y piensan que la sociedad es producto de un pacto por conveniencia.

Jean-Jacques Rousseau culpa a la sociedad (concretamente a la propiedad privada) del egoísmo y de la crueldad del hombre. Imagina una primera armonía entre naturaleza y hombre, que se rompe al producirse una escasez de recursos, momento en el que los seres humanos se ven obligados a unirse para sobrevivir (antes no mantenían entre ellos más que meras relaciones reproductivas). Todo es idílico hasta que aparece la propiedad privada, lo que nos lleva a un “pacto social” para no devorarnos unos a otros.

Thomas Hobbes y John Locke imaginaron el estado de naturaleza como un momento caótico de lucha de unos contra otros (el hombre es egoísta y agresivo por naturaleza) hasta que el “pacto social” con sus normas y leyes permiten la convivencia. Hobbes legitima la monarquía absoluta: el orden existe gracias a ella, gracias al miedo al castigo ante infringir la ley. A Locke le interesa más que dichas leyes protejan la propiedad privada.

*     ¿Lo que nos define es que somos sociales por naturaleza, como dijeron Platón y Aristóteles? ¿O acaso lo somos por conveniencia, como dijeron Hobbes, Locke y Rousseau?

Considero inapropiado usar una definición universal del hombre en la que se diga “el hombre es social por naturaleza” o “el hombre es el animal social”, como decía Aristóteles; pues aunque creo que a un 90% de nosotros nos vendría dicha definición como anillo al dedo, siempre hay excepciones, seres asociales. Alejémonos, por tanto, de los tópicos.

Sin embargo, como ya he dicho, es cierto que la mayoría de nosotros somos esencialmente sociales: necesitamos de los demás para aprender, para que afloren ciertas emociones en nuestro interior, para crecer como personas (ser solidarios, generosos, saber escuchar…). Necesitamos de los demás porque el completo aislamiento podría robarnos la cordura.

En cuanto a Hobbes, Locke y Rousseau, opino que han empleado sus hipótesis del estado de naturaleza con vistas a justificar ciertos comportamientos humanos.

En este sentido, coincido con Hobbes en que sin autoridad se desataría el caos, pues la convivencia muchas veces se da solo porque conviene evitar el castigo ante incumplir una norma. Así justificaríamos que los males del hombre queden en múltiples ocasiones parcialmente aplacados por la ley.

No obstante, una explicación a la existencia de la bestia de nuestro interior, es la que Rousseau propone, culpando a la sociedad, a la propiedad privada (no iría desencaminado cuando hemos matado por un poseer un trozo de tierra). Y hoy mismo, vemos que la sociedad (cultura, política, religión, familia, educación, entorno…) incide de tal modo sobre nosotros que puede determinar en gran medida nuestra forma de ser, tanto para bien como para mal.

Con todo, pienso que somos tan distintos e irrepetibles que no creo en una única naturaleza humana, sino que cada uno constituye la suya propia, como si nuestra naturaleza fuera una balanza de bien y mal que puede inclinarse más para un lado que para el otro, con infinitud de matices personales.

3. ¿Un ser condicionado o determinado?

Jean Paul Sartre defiende que el ser humano es libertad, que está condenado a ser libre. Piensa que nuestra manera de ser se va definiendo en base a nuestras elecciones y que siempre disponemos de un margen de libertad; no podemos eludirla, siempre existen opciones. Según Sartre, la libertad es nuestro componente esencial y básico.

En cambio, Baruch Spinoza sostiene que la libertad humana es una ficción, pues aun cuando creemos actuar libremente, no sabemos determinar todas las causas que nos han llevado a comportarnos de ese modo. Si pudiésemos conocer con precisión todos esos motivos y estímulos que afectan a una persona, sabríamos con claridad sus elecciones. Estamos determinados, no tenemos libertad para elegir.

*     ¿Es la libertad lo que nos define como seres humanos, como dijo Sartre? ¿O la libertad es una ficción, como dijo Spinoza?

Como ya decía Kant, el conocimiento humano tiene límites.

La libertad es una respuesta ante una laguna de desconocimiento: como ni siquiera nosotros mismos podemos conocer todas las razones y estímulos que inciden en nosotros y nos llevan a elegir algo, decimos que hemos tomado esa decisión con libertad, nos creemos libres, cuando en realidad lo que ocurre es que, siguiendo a Spinoza: somos ignorantes de cada una de las causas de elección.

A pesar del omnipresente determinismo, muchos estímulos o causas ante una elección son tan repentinos que incluso nuestras reacciones en un momento dado podrían sorprendernos. Nunca podremos asegurar cómo va a reaccionar alguien, cualquier factor repentino podría afectarle en la milésima de segundo previa a su reacción y rompernos los esquemas del comportamiento que esperábamos presenciar. Esto es: somos impredecibles, pero no libres.

Por otra parte, nunca elegimos qué sentir, qué pensar. Pongamos el ejemplo de que estoy en un mi casa con un amigo y digo la palabra “río”, lo cual hace que él se imagine un río, sin elegir imaginárselo. De igual modo, yo desconozco cuál ha sido el estímulo que me ha llevado a decir “río” y no “montaña” o “libro”. Se nos escapa ese algo que ha determinado el rumbo de nuestras mentes, y como desconocemos qué nos ha hecho esclavos de ese pensamiento, decimos que hemos pensado con libertad, pero esta no existe. De la misma manera, tampoco somos libres para elegir qué sentimos. Simplemente lo sentimos y ya está.

Como decía Spinoza,  la libertad humana es una ficción, pero parece que se nos hace necesario creer en ella, del mismo modo en que necesitamos pensar que todo tiene un por qué o  que es fiable nuestro sistema de conocimientos establecido.

Necesitamos creernos libres porque el determinismo da miedo, aterra pensar que la libertad no existe, ese término solo plagado de connotaciones positivas.

Para acabar, juntando las palabras de Sartre y Spinoza, podría construir mi propia sentencia: Estamos condenados a creer en una ficción que llaman libertad.

4. ¿Un ser frágil pero que tiene dignidad?

El ser humano es el único ser consciente de su inevitable destino: la muerte, que todo lo iguala. Por ello, Platón dice que la filosofía es una “preparación para la muerte”, haciendo así que nuestra vida cobre importancia al saber que es limitada.

El pensador Immanuel Kant, defiende que lo que nos diferencia del resto de seres es la indiscutible singularidad de cada individuo de la raza humana. Califica con el nombre de dignidad a esta cualidad diferenciadora. Los seres irracionales pueden ser medios, pero el ser humano debe ser respetado: tiene valor absoluto.

*     ¿Es acaso la consciencia de que vamos a morir lo que nos define como personas? ¿O es nuestro carácter único e irrepetible, como dijo Kant?

La consciencia de nuestra muerte no podría servir para definirnos porque su existencia viene dada por la de la razón. Si tuviéramos que hacer una lista de qué nos define como personas, estaría encabezada por el derecho a la dignidad (aunque no siempre se respete), seguida por los sentimientos (empatía, euforia, tristeza, solidaridad…), seguida por la equivocación (aun creyéndonos en lo cierto podría nuestra base de conocimientos estar contaminada de errores), por la racionalidad… En esta racionalidad entra la consciencia de muerte.

Aunque sí que coincido con Platón en que la conciencia de muerte proporciona una mayor importancia a la vida. Si mientras vivimos no supiéramos que vamos a morir, ¿dónde quedan las preguntas metafísicas del más allá? ¿Y quién se esforzaría por aprovechar y saborear cada instante, creyendo siempre el mañana asegurado? ¿Quién se impacientaría por alcanzar sus metas si piensa que tiene un tiempo infinito para llegar a ellas? Por lo tanto esta conciencia, aunque no nos defina, determina una parte de nuestra forma de ser y actuar.

Por otro lado, como Kant dice: tenemos un carácter único. Por muchas cosas que tengamos en común, la existencia de la infinitud de particularidades que nos diferencian unos de otros se ha de tener en cuenta a la hora de hacer una aproximada definición de qué es ser persona.

Por supuesto, coincido en que tenemos valor absoluto. Reitero que TODA persona merece dignidad y debe ser respetada. No obstante, para Kant, las vidas de los animales sí que tienen precio. En mi opinión, en realidad el valor absoluto es igual tanto para animales como para personas: todo ser vivo vale lo mismo. Lo que ocurre es que, el ser humano, en la posición soberana concedida por la razón, emplea a muchos seres irracionales como medios, por puro egocentrismo: para sobrevivir, progresar o satisfacer necesidades secundarias.

5. ¿Un ser que es cuerpo y alma?

La postura dualista de Platón sostiene que somos cuerpo y alma, siendo más propia del hombre esta última. El cuerpo sufre cambios mientras que el alma es inmutable e inmortal. Así, el cuerpo es la cárcel del alma y la muerte es su liberación. Hay que intentar que el alma no se contamine de los impulsos e instintos del cuerpo.

Aristóteles pensó que alma y cuerpo son una unidad indisoluble. Asimismo, Gabriel Marcel defendía que  los seres humanos son “espíritus encarnados”: poseemos una dimensión subjetiva completamente privada.  Gracias al cuerpo podemos establecer relaciones con otros.

Por otra parte, el filósofo español Pedro Laín Entralgo entiende al ser humano como una estructura, como un todo, en el cual alma y cuerpo se interrelacionan. Con respecto a la muerte, pensó primero que con ella todo lo que es el ser humano desaparece y después, apoya la trascendencia del alma (que no se agota en el cuerpo).

*     ¿Somos cuerpo y alma? ¿O somos una unidad indisoluble? ¿Somos "espíritus encarnados”? ¿O acaso somos estructura?

Empezaré diciendo que no apoyo el dualismo de Platón, al separar al alma del cuerpo y pensar en la muerte como el momento de apoteosis, pues el alma se libera. Si fuera así: ¿qué importancia tendría la vida? Además, coincido con Nietzsche en que Platón se equivoca al condenar la materia, los deseos, el instinto, el devenir: la vida.

Por otro lado, coincido con Gabriel Marcel: tenemos una dimensión subjetiva absolutamente privada y gracias al cuerpo, provisto de sentidos, podemos relacionarnos con los demás y con el mundo. Así, ambas dimensiones se entrelazan e interrelacionan: somos estructura, resultante de la suma de esa doble dimensión corporal y anímica.

Entonces, retomando el insistente tema de la muerte, yo creo que la existencia humana es trascendente. Me niego a pensar que todo lo que somos desaparece al morir. Si por ejemplo, yo muriera, imaginemos que toman mi ADN, mis experiencias vividas, mis gustos y mis pensamientos. No podrían concebirme de nuevo. Faltaría algo. Ese “algo”, no se recicla como la materia, por lo que no se puede destruir.

Con respecto a esa trascendencia de mi alma, no sé qué ocurriría, no sé dónde queda su destino tras el fin, dónde queda más allá. Aun así me aventuro a hacer una propuesta:

Quizá como nuestra naturaleza es una balanza de bien y mal, su grado de inclinación determinará cómo será la nueva vida de nuestra alma. Por eso, todas las personas que han sufrido un paro cardíaco y han regresado a la vida después, narran ciertas experiencias. Desagradables las de unos pocos, una luz brillante para otros. Entonces, quizá la nueva vida del alma sea un estado de trance sujeto a estas nuevas experiencias, en alguna otra dimensión inalcanzable a la experiencia sensible.

REFLEXIÓN FILOSÓFICA 2: Todos podemos ser filósofos.

FILOSOFÍA.

Todos podemos ser filósofos. Está claro que para serlo no hay que cumplir un perfil determinado y preciso. Pero si observo la realidad, me podré preguntar, por ejemplo: ¿qué hay después de la muerte? Y ansiaré saberlo. Cavilaré unos cuantos días en las horas muertas, o antes de dormirme. La duda me invadirá y lo más seguro es que reflexione y reflexione hasta que pueda llegar a alcanzar mi propio punto de vista, que no sería nada claro. Y siendo consciente de que si escribo lo que pienso, llegue otro y diga que es mentira, porque es una pregunta que nos hace razonar de manera libre, y como somos diferentes, pues razonaremos de modo distinto. Una semana después de haber pensado en aquel asunto que ya casi parece algo lejano, voy y reparo en que mi respuesta ya no me parece acertada, y añadiré la pregunta a la larga lista de cosas que me quedan por saber y luego, están las otras muchas que no están anotadas pero que igualmente desconozco.  Por lo tanto, me contradigo, y me doy cuenta de que para ser filósofo tienes que sentir ganas de conocer el mundo, dudar y ser consciente de la infinitud de cosas que te quedan por saber, y de que nunca estará todo descubierto.

La admiración es anhelo, son las ganas y la pasión por conocer la realidad que nos rodea.  Es ese algo que se sacude dentro de nosotros cuando se despierta nuestra curiosidad, y de repente, nos vemos involucrados y llenos de interés.

Mientras tanto, las dudas nos rodean, nos envuelven, nos corroen, nos empapan. Están en todas partes, mires a donde mires hay un pregunta que quizá no veas hoy y quizá mañana sí, o quizás, nunca. Porque aparte de saber que jamás nos preguntaremos a nosotros mismos todas las preguntas interesantes posibles por formular, está claro nunca terminaremos de saberlo todo. Nadie. Solo basta saber que el universo es infinito para darse cuenta de ello.

Por otra parte, el interés y la necesidad de saber nunca se acabarán por las cuantiosas preguntas abiertas que el mundo y la realidad, a través de la Filosofía, nos dejan. No me refiero a que haya preguntas que no puedan ser contestadas. Me refiero a que habrá tantas contestaciones como personas en el mundo, porque la Filosofía es reflexionar con libertad.

No menos importante es la consciencia de la propia ignorancia, pues es característica del verdadero filósofo, que se verá “cabalgando a caballo entre la ignorancia, de la que es consciente, y la sabiduría, que no termina de alcanzar”. ¿Cómo iban a entrarle a alguien las ganas de aprender si piensa que ya lo sabe todo? ¿Cómo alguien que se cree que lo tiene todo aprendido va a interesarse en preguntarse cosas sobre los misterios de esta vida? Si ya lo sabe todo… (Y lo que no sabe es lo equivocado que está). Se ve reflejado todo esto en las palabras de Pitágoras al replicar ante el rey que él no era sabio “sofos”, sino que era “filósofo”, pues anhelaba saber.

Para concluir, decir que la admiración, la duda y la consciencia de la propia ignorancia son tan importantes para la Filosofía que incluso me atrevería a decir que la definen. Veamos, Filosofía significa amor a la sabiduría y para amar a la sabiduría es necesario: tener una actitud que nos disponga a aprender de todo lo que vivimos; es imprescindible la duda, porque es la que nos impulsa a querer saber; y, es de vital importancia admitir nuestra gran ignorancia, pues solamente aquel que piensa en la magnitud de cosas que le quedan por saber puede interesarse y preguntarse por ellas.

 

sábado, 22 de agosto de 2020

FILO. EJEMPLOS PREGUNTA 4 DESCARTES.

  EJEMPLOS PREGUNTA 4 DESCARTES.

EXAMEN HISTORIA DE LA FILOSOFÍA ‘DESCARTES’

4/ Comenta brevemente cualquier aspecto del pensamiento del autor que juzgues interesante en alguno de estos sentidos: por su relación con otros filósofos, con los hechos históricos relevantes (especialmente si sin coetáneos del autor o tienen relación con si vida o con rasgos significativos del mundo contemporáneo.

Relación entre Descartes y acontecimientos históricos relevantes: las guerras religiosas y la condena de Galileo

Descartes vive en un contexto de crisis en todos los sentidos. Es el siglo XVII, en el que continúan los cambios iniciados en el Renacimiento poniendo en crisis el Antiguo Régimen; fomentados sobre todo por el auge burgués, el desarrollo del capitalismo, los descubrimientos geográficos, la extensión de las ideas protestantes…

En cuanto a las guerras religiosas, la Reforma protestante y la Contrarreforma suponen una crisis religiosa que llevará a conflictos bélicos (bajo influjo además de intereses políticos y un afán expansionista) entre estados europeos protestantes y católicos. Descartes, que participó en la Guerra de los Treinta Años, primero en el bando protestante y luego en el católico, refleja la actitud de incertidumbre propia del hombre en crisis del siglo XVII. Entendemos así el afanoso anhelo cartesiano de hallar la Verdad, de encontrar algo firme en mitad de la inestabilidad que le rodeaba.

Por otro lado, se vive desde el siglo anterior el auge de la ciencia (Revolución Científica), campo en el que destaca Galileo Galilei, que por su tesis sobre el movimiento de la Tierra alrededor del Sol, fue condenado por la Santa Inquisición en 1633. Descartes, conocedor de este hecho, renuncia a publicar su obra ‘Tratado del mundo y de la luz’ en la que exponía su física y defendía la tesis de Galileo. Se evidencia así su miedo de enfrentarse a la Iglesia, bien por temor a ser condenado también o por su fidelidad a su fe religiosa. Comprobamos en el ‘Discurso del método’ la prudencia con la que trata temas con referencias religiosas o políticas.


Influencia de los estoicos en Descartes

Los estoicos fueron unos filósofos griegos, cuya escuela filosófica fue creada por Zenón de Citio en  Atenas,  hacia el año 300 a.C. En ese momento las polis griegas pierden su independencia, quedando sometidas a autoridades y leyes de gobiernos lejanos; por lo que encontraremos en la Filosofía una perspectiva más antropocéntrica.

Descartes simpatizará con los principios del estoicismo y se convertirán en el fundamento del tercer precepto de su moral provisional, uno de los cuatro preceptos morales que se ve obligado a diseñar cuando busca la Verdad y repara en que aunque en el ámbito teórico deba aceptar solo aquello claro y distinto, en la vida cotidiana, la voluntad no puede abstenerse de actuar.

Así pues, esta tercera máxima se basa en el control de las pasiones por la razón y en no luchar por lo inalcanzable. Para los estoicos hay una razón (Dios) que gobierna todo el Universo, y lo hace ser un todo ordenado (cosmos). Todo lo que ocurre está determinado por el destino, que debe aceptarse, en lugar de luchar en su contra por conseguir algo imposible. El hombre tendrá que vivir conforme a su naturaleza (conforme a la razón), controlando los apetitos y deseos, manteniendo el control. Este es el único modo de hallar la paz interna (o ‘paz de espíritu’ como dice Descartes).  En este sentido, pone el filósofo francés un ejemplo: si estamos presos y anhelamos la libertad, no tiene sentido empeñarnos en hallarla, ya que es algo que está fuera de nuestras manos. Es decir, sería inútil esforzarnos por ser libres. Pero sí que sería lógico, como defienden los estoicos, dirigir nuestra razón de modo que gobierne a nuestras pasiones y estas no la cieguen y así no pretender algo imposible y saber vivir conforme al destino.

Los estoicos, nos cuenta Descartes en la III Parte del ‘Discurso del método’ (en la que expone su moral provisional), se consideraban más desdichados, ricos y felices que aquellos que sentían que les faltaba algo porque su razón no había logrado tomar las riendas de sus deseos y apetitos, los cuales se mostraban insaciables y tiranos. Y por lo que vemos, decide nuestro filósofo seguir su ejemplo.

 




FILO. DISERTACIONES DESCARTES.

 DISERTACIONES DESCARTES.

Método y Verdad

¿Existe un método que nos conduzca a la Verdad? ¿Qué es el método y qué importancia tiene en la Filosofía cartesiana? ¿Por qué Descartes rechaza los métodos del álgebra, de la geometría y de la lógica? A continuación se detallará el objetivo de la Filosofía de Descartes, así como su método para alcanzar la Verdad y cómo llega al primer principio indubitable.

 

En contra del escepticismo que imperaba en el siglo XVII, Descartes cree que la Verdad absoluta existe (igual que Platón) y precisamente alcanzarla constituye el objetivo de su Filosofía. Pretende hallar una explicación GLOBAL del mundo, un nuevo proyecto filosófico-científico que sustituya a la escolástica aristotélica. Como la base de toda visión del mundo es filosófica, metafísica, intentará que estos cimientos sean firmes y seguros.

¿Pero cómo encontrar la Verdad? El primer paso es revisarlo todo, ponerlo todo en duda, puesto que la duda es el camino hacia la Verdad, ya que aquello que sea indubitable ha de ser verdadero. No obstante, para dirigir bien la razón desde el principio de la búsqueda, es necesario emplear el método adecuado, para no pisar en falso. Elige así Descartes un método basado en el de las matemáticas, el cual le permitirá encontrar la Verdad.

Además, como racionalista, Descartes defiende que la razón, común en todos los hombres, es la fuente del conocimiento, cuyas operaciones naturales son la intuición y la deducción. Por eso, después de observar todas las distintas opiniones y costumbres que solo alimentaron su incertidumbre, se decide a estudiar en sí mismo y pone a examen su propia razón, por lo que se le considera el padre de la Filosofía moderna.

A continuación cabe preguntarse: ¿por qué un método matemático y no otros? Pues bien, antes de decidirse, nuestro filósofo considera el método del álgebra, el de la lógica y el de la geometría (así nos lo cuenta en la II Parte del ‘Discurso del método’). El primero lo rechaza por ser el álgebra una materia muy confusa con demasiadas reglas. El segundo resulta que solo atiende a la forma correcta de los razonamientos, pero no amplía el conocimiento. Y el tercero no es válido por ser la geometría una materia demasiado abstracta. Por lo tanto, escoge el método matemático porque, comprendiendo las ventajas de los tres, está exento de sus fallos.

¿Qué entendemos por método? Descartes define el método como ‘una serie de reglas ciertas y fáciles, tales que aquel que las observe no tome nunca algo falso por verdadero y llegue a la comprensión de todas las cosas que no sobrepasen su capacidad’.

En lugar de tantísimos preceptos como tiene la lógica, Descartes cree tener bastante con cuatro. Así, las reglas del método son las siguientes:

La primera, la regla de la evidencia, consiste en no tomar ninguna cosa como verdadera que no se conozca evidentemente como tal; evitando la precipitación y la prevención, y aceptando tan solo aquello que se presente tan clara y distintamente al entendimiento que sea imposible dudar de ello.

La segunda regla es la regla del análisis (análisis significa división) y defiende la necesidad de dividir cualquier dificulta en tantas partes como sea posible y necesario con el fin de resolverlas mejor.

La tercera regla, la de la síntesis trata sobre conducir por orden los pensamientos, comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ascender poco a poco hasta el conocimiento de los más complejos.

La última regla, la de la enumeración y sinopsis, consiste en hacer recapitulaciones tan completas y revisiones tan generales para asegurarse de que no se ha omitido nada.

¿Cuándo comienza Descartes a aplicar el método? Cuando empieza la búsqueda de la Verdad, que arranca con la duda, pues es necesario dudar de todo lo aprendido y tomar como falso todo lo que despierte la más mínima duda, pare ver si después de dicho proceso queda algo firme e indudable, una primera Verdad. Para ello pasa por tres niveles de duda:

Primero cuestiona la fiabilidad de los sentidos (como ya hizo el filósofo griego presocrático Parménides de Elea y posteriormente Platón), porque nos engañan en ocasiones, por lo que no se aceptan como datos indudables los procedentes de los sentidos.

En el segundo nivel de duda es la confusión entre el sueño y la vigilia. Podemos creer estar despiertos, pero eso no es absolutamente evidente, pues podríamos estar soñando, ya que en los sueños se tienen sentimientos y experiencias idénticos a los que tenemos despiertos.

El tercer nivel de duda es la duda hiperbólica. ¿Puedo estar seguro de las verdades matemáticas? –se pregunta Descartes. Tampoco, porque podría haber un Genio Maligno que se dedique a engañar haciéndonos tomar las deducciones matemáticas por verdadera.

Tras ponerlo todo en duda, queda una Verdad irrefutable: pienso, luego soy (cogito, ergo sum). Es el principio sólido de la Filosofía que buscaba, para construir a partir de él deductivamente el edificio unitario del saber. Y es que después de pensar que todo era falso, ‘se deducía necesariamente que yo que lo pensaba, fuese algo’ –nos dice. Esta Verdad, además de ser tan firme que ni los escépticos la podían refutar, se convierte en el criterio de certeza (claridad y distinción).

A partir de entonces todo lo que sea intuido clara y distintamente será verdadero, pero podemos confiar en este criterio de Verdad gracias a la existencia de Dios. Este, que representa la bondad y perfección infinitas, no puede ser engañador, por lo que si percibo la realidad extramental clara y distintamente, no puedo dudar de su existencia.

 

En conclusión, método y Verdad en la Filosofía cartesiana no pueden entenderse el uno sin el otro, porque Descartes, que piensa que la Verdad existe y se dispone a encontrarla, necesita servirse de un método adecuado (inspirado en la matemática) para orientar rectamente su razón y alcanzar la Verdad. El método se compone de cuatro reglas: evidencia (solo tomamos como verdadero aquello evidente que no despierte dudas), análisis (dividir lo complejo en partes simples), síntesis (conocer primero lo simple y ascender poco a poco al conocimiento de lo complejo), y enumeración (comprobar que todo está completo y sin fallos). La aplicación del método, comienza con la duda, que punto de partida en el camino a la Verdad. Así, dudando de todo llega al primer principio indudable: pienso, luego soy.

Después de haber analizado el método de Descartes, que es deductivo como el matemático, podemos plantearnos: ¿acaso el método inductivo que emplea el empirismo no nos ha servido también para ampliar nuestro conocimiento?

Método y razón

¿Por qué es tan importante la razón en el método de Descartes?  ¿Hacemos todos un buen uso de la razón? En el ‘Discurso del método’ nuestro filósofo expone una serie de reglas para la dirección de la mente, para orientar correctamente la razón. A continuación, partiendo del contexto de crisis del siglo XVII, expondremos la necesidad del método y los supuestos racionalistas en que se basaba Descartes.

 

El contexto histórico en que vivió Descartes, el siglo XVII, puede definirse como una etapa de crisis en todos los sentidos: entra en crisis el Antiguo Régimen (a causa de los nuevos conocimientos geográficos y al auge burgués), hay una crisis religiosa (la Reforma y la Contrarreforma dividen Europa), la escolástica aristotélica medieval entra en crisis también (se alza una Nueva Ciencia de carácter antropocéntrico).

Este contexto de crisis conduce a la duda y a la incertidumbre, al deseo de hallar algo estable entre tanta inestabilidad, al anhelo de encontrar la Verdad que se convierte en el objetivo de la Filosofía de Descartes, con el fin de construir una explicación filosófica-científica y GLOBAL del mundo.

Como principal representante del Racionalismo, Descartes confía en la razón para alcanzar la Verdad. Para él, la razón es una ‘luz natural’ común en todo ser humano, por lo que defiende igual que Platón el innatismo del conocimiento.

Sin embargo, ¿todos hacemos un buen uso de la razón? No, pues aunque la razón entendida como facultad para juzgar adecuadamente y distinguir lo verdadero de lo falso sea inherente a todo individuo, cada uno posee facultades intelectuales diferentes, por lo que quienes posean menos, tendrán más dificultades para descubrir verdades. En segundo lugar, para un buen uso de la razón hay que contar con un método adecuado (Descartes comparte en el ‘Discurso del método’ cómo su método, que está inspirado en las matemáticas, por la certeza que presenta esta materia, le ha dado buen resultado) y es menester que la razón dirija las pasiones para que estas últimas no cieguen a la primera (teoría de las pasiones estoica y platónica).

¿Pero cómo conocemos? El Racionalismo (Descartes) afirma que los principios del conocimiento son las ideas innatas, generadas solamente por la propia razón. Descartes distingue entre ideas innatas, adventicias y facticias. Las ideas adventicias (que provienen de la realidad sensible) no son fiables porque los sentidos son engañosos (como diría el filósofo presocrático Parménides). Y las facticias (inventadas por nuestra mente) tampoco resultan fiables.

Cabe señalar que se posee una predisposición natural para formar ideas innatas, pero estas no están acabadas en la mente de un niño, por lo que necesitan de alguna experiencia como factor activador que torne conscientes estas ideas que posee el pensamiento, la razón en sí misma.

¿Hay alguna idea innata a destacar en la Filosofía cartesiana? Una idea innata fundamental es la idea de infinito. ‘Esta idea no puede haber sido puesta en mí por mí, que soy finito, sino por un ser infinito’- se dice Descartes. Luego, ese ser infinito es Dios, que al poseer una bondad infinita, no puede ser engañador, lo que implica que lo que se percibe clara y distintamente será verdadero. Dios se convierte así en la garantía del criterio de Verdad, del conocimiento.

Descartes, en su búsqueda de la Verdad, nada más comenzar a aplicar el método está poniendo a examen su razón (por esto se le considera el padre de la Filosofía moderna). El primer paso es la duda. Decide dudar de todo lo aprendido, incluso de los razonamientos matemáticos en los que siempre había creído, puesto que los hombres se equivocan al razonar involuntariamente, ‘cometen paralogismos’, por lo que él podría también estar equivocado. Derriba así el edificio del conocimiento para edificar uno nuevo sobre bases sólidas (metafísicas, filosóficas) guiado por el método adecuado.

¿Pero qué entendemos por método? Descartes lo define como ‘una serie de reglas ciertas y fáciles, tales que aquel que las observe no tome nunca algo falso por verdadero y llegue a la comprensión de todas las cosas que no sobrepasen su capacidad’.

¿Cuáles son esas reglas?

La primera, la regla de la evidencia, consiste en no tomar ninguna cosa como verdadera que no se conozca evidentemente como tal; evitando la precipitación y la prevención, y aceptando tan solo aquello que se presente tan clara y distintamente al entendimiento que sea imposible dudar de ello.

La segunda regla es la regla del análisis (análisis significa división) y defiende la necesidad de dividir cualquier dificulta en tantas partes como sea posible y necesario con el fin de resolverlas mejor.

La tercera regla, la de la síntesis trata sobre conducir por orden los pensamientos, comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ascender poco a poco hasta el conocimiento de los más complejos.

La última regla, la de la enumeración y sinopsis, consiste en hacer recapitulaciones tan completas y revisiones tan generales para asegurarse de que no se ha omitido nada.

Así, aplicando este método deductivo, Descartes se muestra orgulloso de haber podido descubrir verdades, siempre a través de las dos operaciones naturales de la razón: la intuición y la deducción. La intuición es un acto del entendimiento que no deja duda alguna sobre lo comprendido. La deducción es una especie de intuición sucesiva que para que sea válida deben de ser evidentes, tanto su principio como sus pasos.

 

En conclusión, método y razón en la Filosofía cartesiana no se pueden entender el uno sin el otro, ya que el método de Descartes, inspirado en las matemáticas, necesita exclusivamente de la razón para poder ser aplicado. Como racionalista, nuestro filósofo defiende la existencia de ideas innatas (generadas por la razón) como principios del conocimiento. Así, en su camino hacia la Verdad, emplea su método deductivo, compuesto por cuatro reglas: evidencia (solo tomamos como verdadero aquello evidente que no despierte dudas), análisis (dividir lo complejo en partes simples), síntesis (conocer primero lo simple y ascender poco a poco al conocimiento de lo complejo), y enumeración (comprobar que todo está completo y sin fallos).

Por último, tras haber visto la importancia de la razón en el método cartesiano, ¿no es cierto que también los sentidos nos acercan a conocer nuestro mundo con Verdad?

Las tres sustancias en Descartes: Dios, pensamiento y extensión

¿Qué entendemos por sustancia en la Filosofía de Descartes?  ¿Cómo podemos conocer las sustancias? ¿Qué papel tiene Dios como la más perfecta de ellas? A continuación detallaremos cómo en su camino hacia la Verdad, nuestro filósofo va descubriendo cada una de las tres sustancias y explicaremos qué las caracteriza.

Descartes se propone conformar una explicación GLOBAL del mundo, un nuevo proyecto filosófico-científico que sustituya a la Filosofía aristotélica. Como la base de toda visión del mundo es filosófica, metafísica, intentará que estos cimientos sean firmes y seguros.

Inicia a su nuestro filósofo su búsqueda de la Verdad. ¿Cuál es su punto de partida? Parte de la duda, pues deberá, con la única ayuda de su razón, someterlo todo a duda para ver si después queda algo incuestionable, que se convierta en la primera Verdad. Para ello pasa por los siguientes niveles de duda:

Primero cuestiona la fiabilidad de los sentidos (como ya hizo el filósofo griego presocrático Parménides de Elea y posteriormente Platón), porque nos engañan en ocasiones, por lo que no se aceptan como datos indudables los procedentes de los sentidos.

En el segundo nivel de duda es la confusión entre el sueño y la vigilia. Podemos creer estar despiertos, pero eso no es absolutamente evidente, pues podríamos estar soñando, ya que en los sueños se tienen sentimientos y experiencias idénticos a los que tenemos despiertos.

El tercer nivel de duda es la duda hiperbólica. ¿Puedo estar seguro de las verdades matemáticas? –se pregunta Descartes. Tampoco, porque podría haber un Genio Maligno que se dedique a engañar haciéndonos tomar las deducciones matemáticas por verdadera. (Esta hipótesis se encuentra en su obra más importante: ‘Meditaciones Metafísicas’).

Tras haber derribado así el edificio del conocimiento, queda una base tan sólida que ni los escépticos pueden refutar: la primera Verdad. Y es que tras haber pensado que todo era falso, Descartes concluye que: ‘se deducía necesariamente que yo que lo pensaba fuese algo’. Así, esta Verdad (pienso, luego soy) no solo se convertirá en el criterio de certeza de la Filosofía cartesiana, sino que gracias a ella descubre la primera sustancia, puesto que deduce ser pensamiento, una ‘sustancia pensante’ (res cogitans).

¿Por qué ‘pienso, luego soy’ constituye el criterio de certeza? Bien, pues como esta Verdad indubitable es intuida evidentemente, es decir, clara y distintamente; todo lo percibido a partir de entonces del mismo modo, será verdadero.

A continuación Descartes repara en que todo lo que ve, oye, toca… lo percibe de forma clara y distinta. ¿Pero a eso que percibe, que piensa, corresponde a algo exterior o solo está en el pensamiento? Necesita que ‘algo’ garantice esa existencia del mundo exterior, para salir de sí mismo, de sus pensamientos. Para salir del solipsismo.

Para descubrir si alguna de las ideas que posee puede ayudarle a dar ese paso, las analiza, distinguiendo tres tipos de ideas:

En primer lugar, las ideas adventicias, que provienen de la realidad sensible, no son fiables porque los sentidos son engañosos (como defendía el filósofo presocrático Parménides y posteriormente Platón).

En segundo lugar, las ideas facticias, al ser invenciones de nuestra mente, tampoco ayudan a salir del solipsismo.

Por el contrario, sí que le servirán para ello las ideas innatas, que están generadas por el entendimiento, por la propia facultad de razonar.

Descartes identifica la idea de infinito, que es innata, con Dios, que es quien le permite salir del solipsismo. Para defender su existencia ofrece tres argumentos:

El primero defiende que la idea de infinito debe tener una causa infinita, no finita como somos los seres humanos, por lo que esa causa ha de ser Dios, que posee la cualidad de infinito. Así, Dios es la segunda sustancia descubierta (res infinita).

El segundo sostiene que la idea de perfección infinita, ha de haber sido causada por un ser perfecto, por Dios. Y el tercero (argumento ontológico o de San Anselmo) defiende que Dios ha de existir porque si no existiera, al faltarle la cualidad de la existencia, ya no sería perfecto.

Dios, que no es engañador, puesto que en todo engaño hay imperfección, es imposible que esté confundiendo a Descartes acerca de lo que percibe clara y distintamente. Así, Dios se convierte en la garantía del criterio de Verdad. Esto supone rechazar la hipótesis del Genio Maligno y el descubrimiento de la tercera sustancia en la Filosofía cartesiana: las extensión (cuerpo y mundo) o ‘res extensa’. Como Descartes percibe su cuerpo con claridad y distinción, han de existir necesariamente.

Así Descartes ha descubierto las tres sustancias: pensamiento (res cogitans), Dios (res infinita) y las cosas materiales (res extensa). Solo podemos conocerlas por sus atributos. El de la primera es el pensamiento; el de la segunda son la infinitud, la perfección y la bondad; y el de la tercera es la extensión.

¿Pero qué entendemos por sustancia? Nuestro filósofo la define como ‘aquello que no necesita de ninguna otra cosa para existir’. Entonces, en sentido estricto, solo Dios sería sustancia, puesto que las otras dos han sido causadas por él. Sin embargo, en un sentido más laxo, entendemos que ‘res cogitans’ y ‘res extensa’ son sustancias en tanto que no necesitan la una de la otra para existir.

Por otra parte, cabe señalar que Descartes tiene una concepción mecanicista del mundo, ya que lo concibe como una máquina, como un reloj creado por Dios a partir de materia inerte que ha dotado de movimiento.

¿Es el mundo exterior tal y como lo percibimos? Para responder a esto, Descartes distingue entre cualidades que percibimos clara y distintamente, y que por tanto, ofrecen conocimiento verdadero; y cualidades cualitativas que tan solo tienen validez subjetiva. Las primeras son las cualidades primarias cuantificables, objetivas y reales, tales como el volumen y el movimiento. Las otras son subjetivas, como el olor, el color, el sonido…

En conclusión, las tres sustancias en Descartes, por orden de descubrimiento, son el pensamiento (res cogitans), Dios (res infinita) y mundo (res extensa). Solo podemos conocerlas a partir de sus atributos: pensamiento; infinitud, bondad, perfección; y extensión (respectivamente). Así, en este camino hacia la Verdad que parte de la duda, Descartes confecciona su visión global del mundo partiendo del famoso ‘pienso, luego soy’.

Una vez hemos repasado las tres sustancias en Descartes, podríamos preguntarnos: ¿son innatas las ideas de Dios y de perfección? ¿O acaso son culturales?

Duda y criterio de Verdad en Descartes

¿Cómo nos puede conducir la duda al criterio de Verdad en Descartes? ¿En qué se diferencia esta duda de la escéptica? ¿Y en qué consiste dicho criterio de certeza? A continuación explicaremos el camino que lleva a Descartes a encontrar la Verdad, pasando por tres niveles de duda y llegando al ‘cogito ergo, sum’, que establece el criterio de Verdad en su Filosofía.

 

El contexto histórico en que vivió Descartes, el siglo XVII, puede definirse como una etapa de crisis en todos los sentidos: entra en crisis el Antiguo Régimen (a causa de los nuevos conocimientos geográficos y al auge burgués), hay una crisis religiosa (la Reforma y la Contrarreforma dividen Europa), la escolástica aristotélica medieval entra en crisis también (se alza una Nueva Ciencia de carácter antropocéntrico).

Surge de esta manera la incertidumbre, entre tanta inestabilidad y la necesidad de revisarlo todo. Por si esto no fuera suficiente, también alimentarán las dudas de Descartes el relativismo de las opiniones de los filósofos que estudió en la Flèche, así como la diversidad de costumbres de los diferentes pueblos que descubrió en sus viajes por ‘el gran libro del mundo’.

Después de viajar, viendo que no había hallado nada seguro y firme, se resolvió a estudiar en sí mismo, pues pensaba que tan solo con la ayuda de su razón podría alcanzar la Verdad –ya que Descartes cree, al igual que Platón y en contraposición con el escepticismo imperante en la época, que la Verdad absoluta existe y puede ser conocida-.

¿Pero para qué hallar la Verdad?  El objetivo de la Filosofía cartesiana no es otro sino alcanzar la Verdad para construir a partir de ella una explicación GLOBAL del mundo, un proyecto filosófico científico que sustituya a la escolástica aristotélica que no había hecho más que confundirle –por su educación en la Flèche-.

¿Por dónde empezar la búsqueda? Primero debe de derribar todo el edificio del saber, debe dudar de todo lo aprendido y juzgar como falso todo aquello que despertase en él la más remota duda. Todo ello para ver si quedaba alguna Verdad indubitable que se convirtiera en los cimientos del nuevo edificio del conocimiento, que se edificará deductivamente, mediante la intuición y la deducción, que son las operaciones naturales de la razón. Los cimientos que Descartes busca son metafísicos, filosóficos, y han de ser seguros. Para hallarlos, el primer paso es dudar de todo.

¿Pero es la duda metódica de Descartes como la duda escéptica? No debemos confundirlas, ya que la primera es transitoria y la segunda es permanente. Mientras Descartes cree que la Verdad absoluta existe y una vez hallada, no tendría sentido dudar de ella; los escépticos no creen que esta exista. Así, la duda escéptica es destructiva, mientras que la duda metódica (radical y universal por abarcar todos los ámbitos de los que es posible dudar) es constructiva porque supone en punto de partida en el camino hacia la Verdad. Por último, la duda cartesiana es teorética, solo aplicable al ámbito del conocimiento, no al de la acción, porque la voluntad no puede privarse de actuar. De ahí la necesidad cartesiana de diseñar unos mínimos morales para la vida cotidiana (moral provisional).

Descartes pasa por tres niveles de duda:

Primero cuestiona la fiabilidad de los sentidos (como ya hizo el filósofo griego presocrático Parménides de Elea y posteriormente Platón), porque nos engañan en ocasiones, por lo que no se aceptan como datos indudables los procedentes de los sentidos.

En el segundo nivel de duda es la confusión entre el sueño y la vigilia. Podemos creer estar despiertos, pero eso no es absolutamente evidente, pues podríamos estar soñando, ya que en los sueños se tienen sentimientos y experiencias idénticos a los que tenemos despiertos.

El tercer nivel de duda es la duda hiperbólica. ¿Puedo estar seguro de las verdades matemáticas? –se pregunta Descartes. Tampoco, porque podría haber un Genio Maligno que se dedique a engañar haciéndonos tomar las deducciones matemáticas por verdadera.

Es preciso aclarar que estos niveles de duda, resumidos a groso modo en la IV Parte del ‘Discurso del método’, aparecen desarrollados en la obra más importante de Descartes, ‘Meditaciones metafísicas’, que es en la que aparece por primera vez la hipótesis del Genio Maligno. Aun así en la IV Parte se insiste en dudar de la razón: los hombres se equivocan accidentalmente en sus razonamientos, cometen paralogismos (yo también puedo equivocarme, piensa Descartes con esa humildad que comparte con Sócrates).

Pues bien, tras ponerlo todo en duda, queda una Verdad irrefutable: pienso, luego soy (cogito, ergo sum). Es el principio sólido de la Filosofía que buscaba. Y es que después de pensar que todo era falso, ‘se deducía necesariamente que yo que lo pensaba, fuese algo’ –nos dice. Esta Verdad, además de ser tan firme que ni los escépticos la podían refutar, se convierte en el criterio de  Verdad (claridad y distinción), del que Dios es garantía, ya que es tan bondadoso que no podría tenernos engañados acerca de lo que percibimos clara y distintamente, que por tanto, necesariamente ha de ser verdadero.

¿Y qué entendemos precisamente por claridad y distinción? Descartes llama ‘claro’ al conocimiento que se manifiesta de forma tan nítida como cuando decimos que vemos claramente los objetos, estando nuestros ojos dispuestos a mirarlos. En segundo lugar, llama ‘distinto’ al conocimiento que es tan preciso y diferente de todos los demás que no puede confundirse con otro.

Así, la duda le ha conducido a la primera Verdad (pienso, luego soy); y por ende, le ha conducido también al criterio de certeza, por ser esta Verdad clara y distinta.

 

En conclusión, la duda y el criterio de Verdad en la Filosofía cartesiana van cogidos de la mano porque la duda metódica y constructiva no es más que el punto de partida en el camino de la Verdad. Así, pasa por tres niveles de duda, cuestionando: la fiabilidad de los sentidos, la realidad (confusión sueño-vigilia) y las verdades matemáticas. Queda sin embargo una Verdad irrefutable (pienso, luego soy) que resiste todas las dudas y que se convierte en el criterio de Verdad de la Filosofía de Descartes: claridad y distinción.

Por último, remitiéndonos a los niveles de duda: ¿llegó Descartes a dudar realmente de las matemáticas en las que tanto confiaba, considerando que su propio método es desde el principio, matemático?

 

FILO. GUIONES DISERTACIONES DESCARTES.

 GUIONES DISERTACIONES DESCARTES.

Método y Verdad.

·         La Verdad existe =Platón.

·         Objetivos de la Filosofía de Descartes: hallar la Verdad

o   ¿para qué? Construir una explicación global del mundo, un proyecto de ciencia unitario cuyas raíces son metafísicas, filosóficas.

o   ¿cómo? Primero hay que revisarlo todo ponerlo todo en duda. LA DUDA ES EL CAMINO HACIA LA VERDAD. Ese camino es el método basado en el de las matemáticas, por su certeza. El método nos permitirá hallar la Verdad. Método: operaciones de la razón: intuición y deducción.

·         Descartes se decide a estudiar en sí mismo y pone a examen su propia razón, por lo que se la considera el padre de la filosofía moderna.

·         ¿Pero por qué un método matemático y no otros?

·         Definir método y 4 reglas.

·         Empieza la búsqueda: 3 niveles de duda.

·         1ª Verdad y criterio de certeza (claridad y distinción), del que Dios es garantía.

Método y razón

·         Contexto de crisis que conduce a la duda y a la incertidumbre, al deseo de hallar algo estable entre tanta inestabilidad, a ese afán de encontrar la Verdad (objetivo de la filosofía de Descartes)

·         La Verdad existe y la razón (luz natural) es capaz de alcanzarla. RACIONALISMO.  Respuesta a ¿cómo conocemos?  Defensa de las ideas innatas. Idea innata: idea de infinito, causada por Dios, que es la garantía del conocimiento (solo nombrar). Defiende igual que Platón un innatismo del conocimiento.

·         Pone a examen su razón. Duda de todo lo aprendido y de los razonamientos en los que firmemente ha creído. Es por esto por lo que se le considera el padre de la filosofía moderna.

·         No todos usamos igual la razón. Para un buen ejercicio de ella es necesario un método adecuado, inspirado en las matemáticas.

·         Definir método y 4 reglas del método. *Intuición-deducción.

Las tres sustancias en Descartes: Dios, pensamiento y extensión

·         Búsqueda de la Verdad

·         Niveles de duda y 1ª Verdad (res cogitans): primera sustancia descubierta y primer criterio de Verdad.

·         ¿Cómo demostrar la existencia de las otras sustancias partiendo del ‘yo’ = pensamiento y así salir del solipsismo?

·         Tengo tres tipos de ideas: adventicias, facticias e innatas.

·         Ideas innatas. Dios le permite salir del solipsismo  (argumentos brevemente).

·         Dios es garantí del criterio de Verdad. Dios no es engañador, y como percibo mi cuerpo y el mundo exterior clara y distintamente, existen necesariamente.

·         Ha descubierto así las tres sustancias (pensamiento, Dios y mundo) + nombres latín

·         Definición sustancia

·         Entonces en sentido estricto solo sería sustancia Dios, porque las otras dos existen gracias a él, pero la res extensa y la res cogitans son sustancias en tanto que no dependen la una de la otra.

·         ¿Cómo concibe Descarte la res extensa? Explicación mecanicista: materia+ movimiento

·         ¿Pero todos percibimos lo mismo?

·         Cualidades secundarias (subjetivas, cuantitativas, no son válidas), cualidades primarias (objetivas, cuantificables, válidas)

Duda y criterio de Verdad en Descartes

·         CONTEXTO DE CRISIS en todos los ámbitos que conduce a la incertidumbre. Necesidad de revisar todo.

·         Las dudas son alimentadas también por el relativismo de su educación en la Flèche y sus viajes por ‘el gran libro del mundo’.

·         Objetivo: hallar la Verdad absoluta (=Platón), una explicación global del mundo

·         Para eso:

o   ‘Derribar el edificio del saber’, deshacerse de todo lo anterior con el fin de construirlo con bases sólidas (metafísicas, filosóficas).

o   Única ayuda de la razón (buscar en sí mismo).

·         Duda metódica no es lo mismo que duda escéptica

·         Inicio de la aplicación del método. Niveles de duda y primera Verdad (Cogito, ergo sum)

·         Criterio de Verdad. A partir de aquí se considera Verdad inmediata aquella percibida por intuición de manera clara y distinta (como pienso, luego soy). Y a partir de esas verdades se puede ir construyendo deductivamente el saber. Intuición y deducción son las operaciones de la razón, propias del método.

·         Definir claridad y distinción