Una pequeña ayuda FUNDAMENTALMENTE para estudiantes de bachillerato y que tienen como propósito superar el curso y presentarse a SELECTIVIDAD. Se trata de resúmenes, trabajos, redacciones y propuestas de resoluciones de exámenes EBAU. Creo que la mejor manera de sacarle el máximo partido a los trabajos que he realizado es compartiéndolos con vosotros. Por eso espero que encontréis algo útil aquí. ¡¡Muchísimo ánimo!! Y que la suerte esté siempre de vuestra parte.
lunes, 26 de octubre de 2020
Reported speech
viernes, 4 de septiembre de 2020
REFLEXIÓN FILOSÓFICA. INTERCULTURALIDAD.
REFLEXIÓN FILOSÓFICA. INTERCULTURALIDAD.
La interculturalidad está lejos
de haberse logrado porque hay casos en los cuales la violencia es imperante.
Pensemos, por ejemplo, en el yihadismo: la multitud de atentados terroristas y
la gran cantidad que estos bombardeos han causado, solo por toparse con
diferentes culturas no seguidoras del islam, nos demuestran lo lejos que
estamos del interculturalismo hoy en día, cuando temblamos de miedo al asistir
a un evento muy popular y abarrotado de personas y acordarnos del terrorismo
yihadista.
En fin, que si la interculturalidad
es un proyecto universal con vistas a la convivencia y al respeto a la
diversidad cultural, será muy complicado llevarlo a cabo por completo,
existiendo yihadistas, que desean acabar con Occidente, y en general, con
cualquiera que contradiga su forma de pensar. Representan lo contrario a lo que
se busca para poder llevar a cabo la interculturalidad.
Por otra parte, la xenofobia
todavía está presente hoy. Así, muchas personas, si ven a otra que no sigue las
costumbres de esa sociedad, que no quiere impregnarse de la cultura dominante
del lugar, que esta alejada de esa “cultura superior” que ellos creen única; no
los mirarán con extrañeza sino con odio.
¿Cuántos comentarios despectivos
gratuitos, racistas y xenófobos hemos escuchado? Incluso, pensándolo bien, no
es necesario si quiera tener otras raíces culturales para que te falten el
respeto y hieran tu dignidad. Ni siquiera muchos son capaces de respetar la
dignidad de miembros de la misma cultura que ellos, por lo que: ¿cómo iban
entonces, con esos prejuicios contaminando su ser, a ser capaces de pensar que
las personas de otras culturas merecen los mismos derechos y respeto que ellos?
El respeto brilla por su ausencia, en diversas ocasiones.
La cultura, el orgullo exaltado
hacia la cultura propia, parece, desde lejos, inofensivo; pero podría
constituir el camino al sentimiento de “cultura superior”, sin entender que el
criterio de superior lo tenemos sistematizado acorde a lo que se nos ha enseñado
y transmitido, acorde a nuestro sistema de conocimientos adquirido, empapado
por nuestra cultura. No entendemos que aquello de “superior” e “inferior” es
puramente subjetivo, que no podemos creernos mejores que nadie y que las
culturas son diferentes, y basta. Lo que digo es que, ese sentimiento de
superioridad cultural podría desembocar en aborrecer cualquier cultura distinta
(porque la mejor es la propia), en señalar al diferente, al transgresor, a esa
persona que es de una cultura distinta a la nuestra, que tiene unos rituales
extraños y diferentes, otras creencias, y que, para qué engañarnos: es un bicho
raro. Ese orgullo cultural llevado al extremo podría desembocar en xenofobia,
imposibilitando la interculturalidad.
En resumen, si nos creemos superiores
a otras culturas, no podrá haber interculturalidad, porque no existirá ese
anhelado diálogo justo. Si nos creemos mejores, no escucharemos abiertamente
otros puntos de vista. No se producirá un diálogo igualitario si pensamos que
lo nuestro es lo mejor y tenemos la cabeza llena de prejuicios.
Mientras, existen países en los
que no se aplican los derechos humanos, y no creo que esos gobiernos corruptos
que permiten que eso ocurra con sus habitantes, estén interesados en un
proyecto universal como lo es la interculturalidad.
La libertad, la igualdad y la
solidaridad: son herramientas fundamentales para el proyecto intercultural, y
yo pienso que hace falta un poco más de todas ellas para poder ponerlo en
práctica.
¿Y respeto al pluralismo? Es
complicado pensar en que se tengan en cuenta las culturas minoritarias, mucha
atención tendríamos que prestar y mucho respeto poner en nuestro interior para
callarnos un momento y pararnos a escucharlas: una diminuta y bajita voz, que
solo con una décima parte de gente de nuestra cultura hablando sería capaz de
silenciarla.
Con todo, no doy nada por
imposible. Quizás algún día alcancemos la tan idílica interculturalidad.
Primero necesitaremos abandonar los prejuicios filosóficos, hacernos una
“autoevaluación” como personas y reconstruirnos.
Necesitaremos alcanzar la
tolerancia, por mucho de que se detesten los pensamientos de la cultura de
quien se ha sentado a tu lado. Y, por encima de todo, necesitaremos cooperar,
pues es un proyecto mundial, no cosa de un continente o dos.
Debemos dejar de tratar de
reconducir a las personas que se salen de las pautas que nuestra cultura marca.
Que cada quién escoja qué quiere hacer, qué cultura seguir. Simple cuestión de
libertad. Tenemos derecho a ella. TODOS NOSOTROS.
Habrá que trabajar mucho en el
proyecto para que sea aceptado por todos: en cómo proponerlo, con qué método lo
difundimos, cómo concienciamos y damos a conocer sus ideas, objetivos y
ventajas…
Para acabar, y no menos
importante: centrémonos en todo lo que nos une, no en lo que nos separa. Tan
diferentes no somos, al fin y al cabo. Todos queremos ser felices, una vida
digna, sobrevivir… Somos Homo Sapiens. Tenemos los mismos antecesores,
prácticamente las mismas características fisiológicas.
¿Por qué nos empeñamos en
discutir por nuestras diferencias si pertenecemos a la misma raza: la humana?
miércoles, 2 de septiembre de 2020
Reflexión filosófica. Homo sapiens.
Podríamos decir que la cultura nos ha oprimido en el sentido de que nos ha reconducido a todos, pues desde el momento en el que naces, te educan y crían conforme a la cultura que reina en la sociedad en el lugar en el cual has nacido. Entonces, poco a poco vas creciendo y alimentándote de tu cultura, ya que es tu forma de vivir, por lo que hay cosas que haces simplemente porque te han sido transmitidas, o porque es lo que hace el resto.
Cabe considerar ese valor opresor
de la cultura porque al establecer un conjunto de ideas, valores, hábitos… que
definen una forma de vida, observamos con extraña mirada a aquellos que rompen
con estos esquemas, que tienen su manera peculiar de vivir y que aunque la
cultura influya en todos nosotros, se hayan querido apartar de una o varias
costumbres. Los vemos como bichos raros.
Por otra parte, todo lo que digo
ahora, me sería imposible decirlo o quizás lo expresara de otra forma o no
pensara lo mismo, si hubiera nacido en
otro continente o en el siglo pasado o en otra familia. Con ello, quiero decir
que cada punto de vista, individual e histórico, está íntimamente relacionado
con la cultura. Cada visión del mundo se elabora desde una perspectiva, siempre
dependiente esta de la cultura de su origen, que condiciona la mirada y
pensamiento ante todo cuanto hay.
Como ya he dicho, soy quien soy
por mi cultura. Quiera seguirla o no al pie de la letra, la cultura de la
sociedad en la que he nacido es la que me ha dado la bienvenida al mundo y las
cosas que conozco son como son por ella también, no solo determina lo que soy,
lo que somos. Nuestras creencias, sentimientos, hábitos, costumbres, nuestra
forma de cubrir nuestras necesidades… es nuestra cultura. Desde que empieza el
día, todo lo que hacemos, nuestra forma de actuar (que al final, no resulta ser
otra cosa sino nuestra manera de vivir) está condicionada por nuestra cultura.
Da miedo pensar, a veces, cuánta libertad tenemos en realidad, si todo lo que
hacemos, va acorde con lo que vemos y se nos transmite.
La cultura no es otra cosa sino
nosotros mismos. Y, volviendo la vista atrás, podemos afirmar que,
efectivamente, la cultura es, como dice Montagu: un “ensanchamiento de la vida”.
La cultura es aprendida, trasmitida de generación en generación y, pensando en
el lenguaje, creo que hemos hecho un gran trabajo. A muchos años de mí queda,
pero considero necesario agradecer la excelente transmisión del lenguaje en su
origen, ese intento primero por enseñarlo a los demás para poder comunicarnos,
desarrollándose en ese esfuerzo más nuestro cerebro. Así que, gracias, por
elaborar una importante parte de nuestra cultura en este presente, que ha ido
evolucionando de diferentes modos alrededor del mundo entero.
Asimismo, las herramientas,
permitieron mayor desarrollo cerebral, y atender mejor nuestras necesidades.
Hoy en día, no se trata solo de necesidades primarias, sino de secundarias, de
incrementar nuestra comodidad. La evolución de utensilios y herramientas, la
tecnología, ha avanzado de manera vertiginosa. Cada nueva generación tiene la
posibilidad de incorporar novedades al aprendizaje ya realizado. Por ello, la
cultura es una acumulación de conocimientos que no cesa de crecer.
En este sentido, es necesario que sigamos evolucionando, con
el tiempo y con la historia, con los sucesos y descubrimientos acaecidos. Que
no muera el afán por desarrollar, ampliar y cambiar la cultura, que no podemos
pretender que sea utópica, intocable. Por mucho que queramos acercarnos a nuestras
raíces, mucho nos hemos alejado de ellas en lo que a tiempo refiere, por lo que
es lógico que no queramos una misma cultura. La cultura de hoy no puede ser la
misma que la de ayer, sino que ha de evolucionar con cada generación (a ver si cambia
también nuestra aún continua mirada de repulsión al transgresor). Mucho le
debemos al pasado y a la cultura primitiva, pero no podemos pretender momificar
la cultura, si esta es nuestra vida y, como dice Nietzsche, la vida es devenir.
REFLEXIONES A PARTIR DE FRASES DE FILÓSOFOS
Esther Serrano Franco 1ºBach. B
Frases que invitan a filosofar: REFLEXIONES
“Los
hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por la admiración”
(Aristóteles “Metafísica”)
“La
filosofía es hija del asombro” (Platón)
A veces, cuando cierro los ojos, en
una actitud reflexiva, me siento presocrática. También cuando cada día al salir
de casa, está amaneciendo, y olvido por unos segundos todo lo que la ciencia
nos ha contado, limitándome a admirar probablemente lo más bello que vaya a ver
en todo el día. Entonces, cada presocrático me diría una cosa distinta sobre el
fenómeno natural que yo contemplo, atendiendo a que la filosofía fue, es y será
libre.
Para filosofar hay que empezar a
preguntarse cosas. Y para dudar, para que nos llegue ese ímpetu cargado de
curiosidad, necesitamos admirar. Solo admirando podremos cuestionarnos las
cosas, si admiramos podremos llegar a conocer. Podremos saborear el mundo.
El asombro es el principio de lo
que es un principio más grande: la Filosofía.
“Todos los hombres desean por naturaleza
saber” (Aristóteles “Metafísica”)
El anhelo por aprender es inherente
a la condición humana. Deseamos conocer el mundo que nos rodea desde que
tenemos uso de razón.
“Mamá, ¿por qué es de color azul el
cielo? ¿Qué hay en el universo?”- le preguntaba yo a mi madre a los tres años,
pensando que me daría la explicación exacta como había hecho con muchas otras
cosas. “Mamá, ¿qué hay después de la muerte?”- le preguntaría más tarde,
agobiándola con más preguntas de ese estilo durante largo rato, sin entender
por qué había ciertas preguntas tan misteriosas que además, parecían no serlo
únicamente para mí. “¿Y por qué? ¿Y por qué esto es así y no al contrario?”-
seguiría yo. Entonces ella trata de explicarme que existen preguntas que tienen
muchas respuestas, y que cada persona piensa cosas distintas. Quizá yo era
demasiado pequeña como para entender qué es la filosofía, pero me interesaba
por conocer el mundo, al fin y al cabo. Como todo ser humano.
Si algo anula nuestra capacidad de
querer saber cosas, ya sea por lo cómodos que creamos estar sin reflexionar o
por cualquier otra cosa, preocupémonos, porque estaremos perdiendo nuestra libertad
y dignidad, nos estaríamos autolimitando como personas. Sin preguntar y
preguntarnos cosas, caeríamos en un juego de marionetas, de ignorancia y de conformismo,
asumiendo lo que la mayoría diga, y haciendo todos lo mismo, como un rebaño de
ovejas. No seríamos más que habitantes de papel en ciudades de papel.
“Solo
sé que no sé nada” (Sócrates)
Me siento tan diminuta en un
planeta tan inmenso, el cual está dentro de una galaxia que lo es aún más,
siendo una insignificante parte de un universo cuyo fin está por determinar,
por lo que muchos afirman que es infinito.
Soy una pequeña mota de polvo que
vaga de aquí para allá, haciéndose preguntas y cuestionando sus acciones y sus
fines a diario.
Acerca de la fiabilidad de todo
podemos dudar si somos nosotros los que establecemos qué es cierto y qué no,
porque somos nosotros también los que hemos establecido los criterios para
calificarlo de verdadero o falso. Y aun suponiendo que parte de todo el
aprendizaje que hemos heredado de otras épocas sea certero, considero que estos
conocimientos son tantos que me hacen pensar que quedan por descubrir como
mínimo, el triple, sumado a todo aquello a lo que no podremos acceder por
simple limitación de la condición humana (cosas que no podremos percibir o
razonamientos que nuestra mente no pueda hilar). Todo ello me hace pensar lo ignorante
que soy y seré.
Por supuesto, seguiremos intentando
conocer, seguiremos haciéndonos preguntas y filosofando, a pesar de que si
sabemos algo es lo mucho que no sabemos.
“Todo
cambia, todo fluye, nada permanece” (Heráclito).
Ante
nuestros ojos se presenta la pura ilusión del devenir, siempre constante y
permanente, pues sigue siendo la Esencia
de las cosas, un verdadero misterio.
Todo cambia...
Pero, ¿qué
ocurre con la regularidad de los
fenómenos naturales? ¿Qué ocurre con lo que en apariencia no cambia, con lo que
superficialmente percibimos y nos parece que es lo mismo? (La salida del Sol
cada mañana y de la Luna cada noche, por ejemplo).
Igual que
no soy yo la misma que era ayer, el cielo de hoy tampoco es el mismo de ayer: a
la naturaleza le agrada ocultarse.
“Toda Filosofía no es otra cosa que la compleja respuesta
a esta sencilla pregunta: ¿qué son las cosas?; pregunta que puede sustituirse
por otra: ¿qué es lo que constituye la naturaleza de las cosas? (Raimundo
Panikkar “El concepto de naturaleza”)
No podremos
acusar a la filosofía de egoísta, pues se preocupa por absolutamente todo. Por
toda la realidad: el mundo que nos rodea, nosotros mismos, la sociedad, la
justicia, la felicidad, los principios éticos, la ciencia, y un largo etcétera,
porque la realidad abarca millones de asuntos, dilemas, cuestiones. La
filosofía ofrece tanto como queramos buscar e indagar nosotros. Por lo que si
se supone que nuestro anhelo por saber nunca acaba, podríamos decir que la
filosofía es infinita.
La Esencia,
lo permanente. De ello ha hablado desde sus orígenes la filosofía, por boca de
presocráticos que proponían el origen de las cosas (agua, aire, números…) y nos
decían; por ejemplo, que el devenir y los cambios en la naturaleza son
aparentes, tan solo una ilusión, porque a la naturaleza le agrada ocultarse. La
naturaleza esconde su Ser, su Esencia. En la realidad siempre hay un Algo con A
mayúscula, que permanece, y que es un gran misterio y por ello lo persigue la
filosofía.
“Defiende
tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no
pensar” (Hipatia de Alejandría)
Incluso darle vueltas a un
razonamiento que es correcto a medias es preferible a no darle vueltas a nada.
Pensar de manera errónea.
Equivocarse. Tropezar por el camino. Todo ello demuestra ser personas. Cometer
errores es vital para aprender y equivocarse es un derecho que todo aventurero
tiene cuando emprende el camino del aprendizaje. Cuidado con quien es escéptico
de modo extremo, que acaba no afirmando ni negando nada para no caer en el
error. Podría dejar de pensar para evitar equivocarse a toda costa, sin darse
cuenta que es mayor la desgracia de no pensar que la de errar, que no lo es.
Que no nos arrebaten el derecho a
pensar, porque lo habremos perdido todo. Defender tu derecho a pensar es
defender tu derecho a la libertad, pues el razonamiento nos hace libres. ¿Y qué
es usar la razón, si no es filosofía? La filosofía nos permite usar la razón, haciendo
hombres libres, que no se dejen embaucar.
“La
filosofía es por esencia la ciencia de los verdaderos principios, de los
orígenes, de la raíz de todas las cosas” (Husserl “La filosofía como ciencia
estricta”).
El origen de la filosofía supuso el
inicio del uso de la razón, el famosísimo paso del mito al logos, en el que nos
alejamos de la fantasía para explicar la realidad, conservando el anhelo de
aprender sobre el mundo (como siempre ocurrirá) y queriendo que nuestros
conocimientos sean certeros, por lo que comenzó a hacerse un esfuerzo racional.
¿Qué hay de los filósofos presocráticos?
Nos asombran. Establecieron curiosos orígenes de la materia, y entendiendo
ciencia y filosofía como una sola cosa, nos dejan el teorema de Tales, el
teorema de Pitágoras… ¡las bases de las matemáticas! ¡Incluso entonces
Demócrito de Abdera fue el primero en decir que todo está compuesto por átomos!
Nos dejan lo que hoy son nuestros cimientos. Y me aventuro a imaginar qué
seríamos sin ellos, y solo tengo claro que: seríamos muy distintos a lo que
somos hoy.
La filosofía es la única ciencia
que se preocupa por la realidad entera. Quiere estudiar todo, preguntarse por
todo e interconectar unas cosas con otras. La filosofía no delimita, sino que
amplía, sin cerrar las puertas a nada, ni discriminando a ningún ámbito de la
realidad.
martes, 1 de septiembre de 2020
LA NECESIDAD DE LA METAFÍSICA. Redacción filosófica.
LA NECESIDAD DE LA METAFÍSICA Esther Serrano Franco 1ºBach. B.
¿Por qué iba a tener la
metafísica alguna utilidad hoy, cuando ciencia y tecnología gobiernan el mundo?
Estas son las ciencias que realmente cubren nuestras necesidades primarias y
nos conducen a nuestros fines prácticos en nuestro día a día, que es lo que
requiere nuestra atención inmediata. Quedaría entonces en evidencia la
inutilidad de la metafísica, ¿no? No.
Bien es cierto que con los
grandes descubrimientos como la física newtoniana, quisieron recurrir a la
ciencia y a nada más, para explicar y predecir lo que puede suceder en el
universo. Tal era la ilusión ante tan grandiosos hallazgos, que dieron la
espalda a la metafísica. Sin embargo, la ciencia tiene lagunas, y podemos decir
que la metafísica se esfuerza constantemente por suplirlas. Dejemos a las
ciencias saciar nuestros fines cotidianos, ya que son cobardes para otras
cuestiones universales y las apartan, mientras que la metafísica se atreve a
estudiarlas. Entonces, ¿qué es la metafísica sino valentía para nadar en el mar
de las dudas primeras sin ahogarse?
Como ya se ha dicho, la ciencia
no puede explicarlo todo, pero, insisto: ¿Por qué limitarnos? ¿Por qué no ir
más allá? No podrías emprender tal camino sin la metafísica: “más allá de la
física”, por lo que es de vital necesidad. Así, la incertidumbre nos aterra y tratamos
de responder a todo lo que al mundo, a Dios y al alma se refiera; pues todo
ello está relacionado con dar un sentido a nuestras vidas. De este modo, buscaríamos
la metafísica para orientarnos en el mundo, persiguiendo la felicidad
(aspiración última de la metafísica).
Ante tan acusada incertidumbre
acerca de los temas metafísicos, se nos abre paso un abanico infinito de
respuestas provisionales, y cada quien escoge con libertad. De esta manera, hay
diferentes concepciones metafísicas, como lo serían las distintas religiones y
creencias personales. Esta concepción metafísica, influye en el pensamiento, el
pensamiento en el modo de actuar, y el conjunto de tus acciones, conforman tu
vida. Por lo tanto, tu concepción metafísica podría hacerte ser quien eres, o
¿es por tu forma de ser por lo que te decantas por una concepción metafísica
entre tantas? Así que, después de todo, siendo que además resulta que las creencias
metafísicas están tan arraigadas a tu ser, ¿aún pones en duda su utilidad?
Para concluir, añadir que
tildando de absurda a la metafísica no haréis más que insultaros a vosotros
mismos, pues compartís pretensión: conocer el mundo y al ser humano.
¿No os parece que, al fin y al
cabo, resulta que también vosotros, los que no veíais la necesidad de este
saber, sois metafísicos? ¿O es que nunca os habéis preguntado por el sentido de
vuestras vidas?
Incidir en que la metafísica, que
nos permite ir más allá de la ciencia, es y será un saber no concluido, al
menos hasta que el ser humano sea humo, polvo, nada.
FILOSOFÍA: ¿Qué es lo genuinamente humano?
¿QUÉ ES LO GENUINAMENTE HUMANO?
“No existe esa pura naturaleza humana como para decir si
somos genuinamente de una manera o de otra, tratando de despojar al ser humano
de su situación política, histórica y social. No podemos concebir al hombre sin
ello, pues al formar parte de la realidad, el ser humano existe y existió
cuando ya existía el tiempo, lo que nos hace ver que nunca podremos ignorar el
factor HISTORIA.” –Esther Serrano.
1. ¿Un ser racional?
Aristóteles
pensó que lo que caracteriza al hombre y permite diferenciarlo de los demás
seres es el “lógos”, que tiene un doble significado: razón y lenguaje. Así, mediante este elemento, podemos
comunicarnos y conocer el mundo. El lógos nos sitúa en una posición intermedia
entre bestias y dioses, y somos por poseerlo, superiores a los animales.
No
obstante, Friedrich Nietzsche dice que la razón es una enfermedad con la que
nos toca lidiar a los seres humanos: somos la rareza del universo. Este
filósofo acusaba a Aristóteles y a Platón de destructores del equilibrio
apolíneo-dionisíaco, pues al buscar definiciones universales de las cosas,
intentando racionalizarlo todo, ignoraban el devenir, que es la vida misma.
¿Podemos
decir que lo que define al ser humano es que es un ser racional, como dijo
Aristóteles? ¿O acaso la razón es en realidad una enfermedad, como dijo
Nietzsche?
No podemos desentendernos del “lógos”, le doy la razón a
Aristóteles cuando dice que es el instrumento que nos permite conocer el mundo,
pues solo con los sentidos sin valernos de la razón, nos sería insuficiente.
Sin razón no nos haríamos preguntas, no existiría la filosofía, ni la lógica;
seríamos esclavos de los impulsos biológicos, sin poder elegir si los seguimos
o no.
Sin embargo, siguiendo a Zubiri, somos una unidad entre
razón y sentidos: la razón no funciona aislada. No hay, por tanto, que hacer de
ella un tirano, como diría Nietzsche. Somos más que razón: en nosotros hay
pasión, hay locura, anhelo, creatividad, miedo…
La razón no es una enfermedad: aunque es cierto que a
través de ella creamos nuestra propia ficción en la que ciegamente creemos,
olvidando muchas veces el dinamismo de todo; no podemos tratar de vivir sin
hacerlo, forma parte de nuestra realidad.
No debemos creernos superiores por ser racionales, es una
cualidad como cualquier otra. Somos un segundo en la historia de la Tierra, una
milésima de segundo en el Universo. ¿A qué se debe esa superioridad si solo
conocemos los seres que habitan en la Tierra? Ya vale de creernos mejores por
nuestra razón. Al fin y al cabo, puede que a miles de millones de años luz, en
este o en otro Universo, haya una partícula, un ente, un descomunal ser, que
posea una “súper razón”.
2. ¿Un ser sociable por
naturaleza o por convención?
Conocemos las definiciones del ser humano de “animal
político” (“pólis”: ciudad) o “animal social” gracias a Aristóteles. Se refería
a que somos los únicos seres que viven en ciudades organizadas socialmente, con
una serie de normas y leyes para convivir, que marcan qué está bien y qué está
mal. Para este filósofo griego, la organización social es inherente a la
naturaleza humana; es decir: somos seres sociales por naturaleza.
Hallamos el contrapunto a esta idea en Thomas Hobbes, John
Locke y Jean-Jacques Rousseau; que imaginan un primer estado de naturaleza
(hipótesis de trabajo) y piensan que la sociedad es producto de un pacto por
conveniencia.
Jean-Jacques Rousseau culpa a la sociedad (concretamente
a la propiedad privada) del egoísmo y de la crueldad del hombre. Imagina una
primera armonía entre naturaleza y hombre, que se rompe al producirse una
escasez de recursos, momento en el que los seres humanos se ven obligados a
unirse para sobrevivir (antes no mantenían entre ellos más que meras relaciones
reproductivas). Todo es idílico hasta que aparece la propiedad privada, lo que
nos lleva a un “pacto social” para no devorarnos unos a otros.
Thomas Hobbes y John Locke imaginaron el estado de
naturaleza como un momento caótico de lucha de unos contra otros (el hombre es
egoísta y agresivo por naturaleza) hasta que el “pacto social” con sus normas y
leyes permiten la convivencia. Hobbes legitima la monarquía absoluta: el orden
existe gracias a ella, gracias al miedo al castigo ante infringir la ley. A
Locke le interesa más que dichas leyes protejan la propiedad privada.
¿Lo
que nos define es que somos sociales por naturaleza, como dijeron Platón y
Aristóteles? ¿O acaso lo somos por conveniencia, como dijeron Hobbes, Locke y
Rousseau?
Considero inapropiado usar una definición universal del
hombre en la que se diga “el hombre es social por naturaleza” o “el hombre es
el animal social”, como decía Aristóteles; pues aunque creo que a un 90% de
nosotros nos vendría dicha definición como anillo al dedo, siempre hay excepciones,
seres asociales. Alejémonos, por tanto, de los tópicos.
Sin embargo, como ya he dicho, es cierto que la mayoría
de nosotros somos esencialmente sociales: necesitamos de los demás para
aprender, para que afloren ciertas emociones en nuestro interior, para crecer
como personas (ser solidarios, generosos, saber escuchar…). Necesitamos de los
demás porque el completo aislamiento podría robarnos la cordura.
En cuanto a Hobbes, Locke y Rousseau, opino que han
empleado sus hipótesis del estado de naturaleza con vistas a justificar ciertos
comportamientos humanos.
En este sentido, coincido con Hobbes en que sin autoridad
se desataría el caos, pues la convivencia muchas veces se da solo porque
conviene evitar el castigo ante incumplir una norma. Así justificaríamos que
los males del hombre queden en múltiples ocasiones parcialmente aplacados por
la ley.
No obstante, una explicación a la existencia de la bestia
de nuestro interior, es la que Rousseau propone, culpando a la sociedad, a la
propiedad privada (no iría desencaminado cuando hemos matado por un poseer un
trozo de tierra). Y hoy mismo, vemos que la sociedad (cultura, política, religión,
familia, educación, entorno…) incide de tal modo sobre nosotros que puede
determinar en gran medida nuestra forma de ser, tanto para bien como para mal.
Con todo, pienso que somos tan distintos e irrepetibles
que no creo en una única naturaleza humana, sino que cada uno constituye la
suya propia, como si nuestra naturaleza fuera una balanza de bien y mal que
puede inclinarse más para un lado que para el otro, con infinitud de matices
personales.
3. ¿Un ser condicionado o
determinado?
Jean Paul Sartre defiende que el ser humano es libertad,
que está condenado a ser libre. Piensa que nuestra manera de ser se va
definiendo en base a nuestras elecciones y que siempre disponemos de un margen
de libertad; no podemos eludirla, siempre existen opciones. Según Sartre, la
libertad es nuestro componente esencial y básico.
En cambio, Baruch Spinoza sostiene que la libertad humana
es una ficción, pues aun cuando creemos actuar libremente, no sabemos
determinar todas las causas que nos han llevado a comportarnos de ese modo. Si
pudiésemos conocer con precisión todos esos motivos y estímulos que afectan a
una persona, sabríamos con claridad sus elecciones. Estamos determinados, no
tenemos libertad para elegir.
¿Es
la libertad lo que nos define como seres humanos, como dijo Sartre? ¿O la
libertad es una ficción, como dijo Spinoza?
Como ya decía Kant, el conocimiento humano tiene límites.
La libertad es una respuesta ante una laguna de
desconocimiento: como ni siquiera nosotros mismos podemos conocer todas las
razones y estímulos que inciden en nosotros y nos llevan a elegir algo, decimos
que hemos tomado esa decisión con libertad, nos creemos libres, cuando en
realidad lo que ocurre es que, siguiendo a Spinoza: somos ignorantes de cada
una de las causas de elección.
A pesar del omnipresente determinismo, muchos estímulos o
causas ante una elección son tan repentinos que incluso nuestras reacciones en
un momento dado podrían sorprendernos. Nunca podremos asegurar cómo va a
reaccionar alguien, cualquier factor repentino podría afectarle en la milésima
de segundo previa a su reacción y rompernos los esquemas del comportamiento que
esperábamos presenciar. Esto es: somos impredecibles, pero no libres.
Por otra parte, nunca elegimos qué sentir, qué pensar. Pongamos
el ejemplo de que estoy en un mi casa con un amigo y digo la palabra “río”, lo
cual hace que él se imagine un río, sin elegir imaginárselo. De igual modo, yo
desconozco cuál ha sido el estímulo que me ha llevado a decir “río” y no
“montaña” o “libro”. Se nos escapa ese algo que ha determinado el rumbo de
nuestras mentes, y como desconocemos qué nos ha hecho esclavos de ese
pensamiento, decimos que hemos pensado con libertad, pero esta no existe. De la
misma manera, tampoco somos libres para elegir qué sentimos. Simplemente lo
sentimos y ya está.
Como decía Spinoza,
la libertad humana es una ficción, pero parece que se nos hace necesario
creer en ella, del mismo modo en que necesitamos pensar que todo tiene un por
qué o que es fiable nuestro sistema de
conocimientos establecido.
Necesitamos creernos libres porque el determinismo da
miedo, aterra pensar que la libertad no existe, ese término solo plagado de
connotaciones positivas.
Para acabar, juntando las palabras de Sartre y Spinoza,
podría construir mi propia sentencia: Estamos condenados a creer en una ficción
que llaman libertad.
4. ¿Un ser frágil pero que tiene
dignidad?
El ser humano es el único ser consciente de su inevitable
destino: la muerte, que todo lo iguala. Por ello, Platón dice que la filosofía
es una “preparación para la muerte”, haciendo así que nuestra vida cobre
importancia al saber que es limitada.
El pensador Immanuel Kant, defiende que lo que nos
diferencia del resto de seres es la indiscutible singularidad de cada individuo
de la raza humana. Califica con el nombre de dignidad a esta cualidad
diferenciadora. Los seres irracionales pueden ser medios, pero el ser humano
debe ser respetado: tiene valor absoluto.
¿Es
acaso la consciencia de que vamos a morir lo que nos define como personas? ¿O
es nuestro carácter único e irrepetible, como dijo Kant?
La consciencia de nuestra muerte no podría servir para
definirnos porque su existencia viene dada por la de la razón. Si tuviéramos
que hacer una lista de qué nos define como personas, estaría encabezada por el
derecho a la dignidad (aunque no siempre se respete), seguida por los
sentimientos (empatía, euforia, tristeza, solidaridad…), seguida por la
equivocación (aun creyéndonos en lo cierto podría nuestra base de conocimientos
estar contaminada de errores), por la racionalidad… En esta racionalidad entra la
consciencia de muerte.
Aunque sí que coincido con Platón en que la conciencia de
muerte proporciona una mayor importancia a la vida. Si mientras vivimos no
supiéramos que vamos a morir, ¿dónde quedan las preguntas metafísicas del más
allá? ¿Y quién se esforzaría por aprovechar y saborear cada instante, creyendo
siempre el mañana asegurado? ¿Quién se impacientaría por alcanzar sus metas si
piensa que tiene un tiempo infinito para llegar a ellas? Por lo tanto esta
conciencia, aunque no nos defina, determina una parte de nuestra forma de ser y
actuar.
Por otro lado, como Kant dice: tenemos un carácter único.
Por muchas cosas que tengamos en común, la existencia de la infinitud de
particularidades que nos diferencian unos de otros se ha de tener en cuenta a la
hora de hacer una aproximada definición de qué es ser persona.
Por supuesto, coincido en que tenemos valor absoluto.
Reitero que TODA persona merece dignidad y debe ser respetada. No obstante,
para Kant, las vidas de los animales sí que tienen precio. En mi opinión, en
realidad el valor absoluto es igual tanto para animales como para personas:
todo ser vivo vale lo mismo. Lo que ocurre es que, el ser humano, en la
posición soberana concedida por la razón, emplea a muchos seres irracionales
como medios, por puro egocentrismo: para sobrevivir, progresar o satisfacer
necesidades secundarias.
5. ¿Un ser que es cuerpo y alma?
La postura dualista de Platón sostiene que somos cuerpo y
alma, siendo más propia del hombre esta última. El cuerpo sufre cambios mientras
que el alma es inmutable e inmortal. Así, el cuerpo es la cárcel del alma y la
muerte es su liberación. Hay que intentar que el alma no se contamine de los
impulsos e instintos del cuerpo.
Aristóteles pensó que alma y cuerpo son una unidad
indisoluble. Asimismo, Gabriel Marcel defendía que los seres humanos son “espíritus encarnados”:
poseemos una dimensión subjetiva completamente privada. Gracias al cuerpo podemos establecer
relaciones con otros.
Por otra parte, el filósofo español Pedro Laín Entralgo
entiende al ser humano como una estructura, como un todo, en el cual alma y
cuerpo se interrelacionan. Con respecto a la muerte, pensó primero que con ella
todo lo que es el ser humano desaparece y después, apoya la trascendencia del
alma (que no se agota en el cuerpo).
¿Somos
cuerpo y alma? ¿O somos una unidad indisoluble? ¿Somos "espíritus
encarnados”? ¿O acaso somos estructura?
Empezaré diciendo que no apoyo el dualismo de Platón, al
separar al alma del cuerpo y pensar en la muerte como el momento de apoteosis,
pues el alma se libera. Si fuera así: ¿qué importancia tendría la vida? Además,
coincido con Nietzsche en que Platón se equivoca al condenar la materia, los
deseos, el instinto, el devenir: la vida.
Por otro lado, coincido con Gabriel Marcel: tenemos una
dimensión subjetiva absolutamente privada y gracias al cuerpo, provisto de
sentidos, podemos relacionarnos con los demás y con el mundo. Así, ambas
dimensiones se entrelazan e interrelacionan: somos estructura, resultante de la
suma de esa doble dimensión corporal y anímica.
Entonces, retomando el insistente tema de la muerte, yo
creo que la existencia humana es trascendente. Me niego a pensar que todo lo
que somos desaparece al morir. Si por ejemplo, yo muriera, imaginemos que toman
mi ADN, mis experiencias vividas, mis gustos y mis pensamientos. No podrían
concebirme de nuevo. Faltaría algo. Ese “algo”, no se recicla como la materia,
por lo que no se puede destruir.
Con respecto a esa trascendencia de mi alma, no sé qué
ocurriría, no sé dónde queda su destino tras el fin, dónde queda más allá. Aun
así me aventuro a hacer una propuesta:
Quizá como nuestra naturaleza es una balanza de bien y
mal, su grado de inclinación determinará cómo será la nueva vida de nuestra
alma. Por eso, todas las personas que han sufrido un paro cardíaco y han
regresado a la vida después, narran ciertas experiencias. Desagradables las de
unos pocos, una luz brillante para otros. Entonces, quizá la nueva vida del
alma sea un estado de trance sujeto a estas nuevas experiencias, en alguna otra
dimensión inalcanzable a la experiencia sensible.
REFLEXIÓN FILOSÓFICA 2: Todos podemos ser filósofos.
FILOSOFÍA.
Todos podemos ser filósofos. Está claro que para serlo no hay que cumplir un perfil determinado y preciso. Pero si observo la realidad, me podré preguntar, por ejemplo: ¿qué hay después de la muerte? Y ansiaré saberlo. Cavilaré unos cuantos días en las horas muertas, o antes de dormirme. La duda me invadirá y lo más seguro es que reflexione y reflexione hasta que pueda llegar a alcanzar mi propio punto de vista, que no sería nada claro. Y siendo consciente de que si escribo lo que pienso, llegue otro y diga que es mentira, porque es una pregunta que nos hace razonar de manera libre, y como somos diferentes, pues razonaremos de modo distinto. Una semana después de haber pensado en aquel asunto que ya casi parece algo lejano, voy y reparo en que mi respuesta ya no me parece acertada, y añadiré la pregunta a la larga lista de cosas que me quedan por saber y luego, están las otras muchas que no están anotadas pero que igualmente desconozco. Por lo tanto, me contradigo, y me doy cuenta de que para ser filósofo tienes que sentir ganas de conocer el mundo, dudar y ser consciente de la infinitud de cosas que te quedan por saber, y de que nunca estará todo descubierto.
La admiración es anhelo, son las
ganas y la pasión por conocer la realidad que nos rodea. Es ese algo que se sacude dentro de nosotros
cuando se despierta nuestra curiosidad, y de repente, nos vemos involucrados y
llenos de interés.
Mientras tanto, las dudas nos
rodean, nos envuelven, nos corroen, nos empapan. Están en todas partes, mires a
donde mires hay un pregunta que quizá no veas hoy y quizá mañana sí, o quizás,
nunca. Porque aparte de saber que jamás nos preguntaremos a nosotros mismos
todas las preguntas interesantes posibles por formular, está claro nunca
terminaremos de saberlo todo. Nadie. Solo basta saber que el universo es
infinito para darse cuenta de ello.
Por otra parte, el interés y la necesidad
de saber nunca se acabarán por las cuantiosas preguntas abiertas que el mundo y
la realidad, a través de la Filosofía, nos dejan. No me refiero a que haya
preguntas que no puedan ser contestadas. Me refiero a que habrá tantas
contestaciones como personas en el mundo, porque la Filosofía es reflexionar
con libertad.
No menos importante es la consciencia
de la propia ignorancia, pues es característica del verdadero filósofo, que se
verá “cabalgando a caballo entre la ignorancia, de la que es consciente, y la
sabiduría, que no termina de alcanzar”. ¿Cómo iban a entrarle a alguien las
ganas de aprender si piensa que ya lo sabe todo? ¿Cómo alguien que se cree que
lo tiene todo aprendido va a interesarse en preguntarse cosas sobre los
misterios de esta vida? Si ya lo sabe todo… (Y lo que no sabe es lo equivocado
que está). Se ve reflejado todo esto en las palabras de Pitágoras al replicar
ante el rey que él no era sabio “sofos”, sino que era “filósofo”, pues anhelaba
saber.
Para concluir, decir que la admiración,
la duda y la consciencia de la propia ignorancia son tan importantes para la Filosofía
que incluso me atrevería a decir que la definen. Veamos, Filosofía significa
amor a la sabiduría y para amar a la sabiduría es necesario: tener una actitud
que nos disponga a aprender de todo lo que vivimos; es imprescindible la duda,
porque es la que nos impulsa a querer saber; y, es de vital importancia admitir
nuestra gran ignorancia, pues solamente aquel que piensa en la magnitud de
cosas que le quedan por saber puede interesarse y preguntarse por ellas.
